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Páez canta a su Habana en “concierto atípico”

                                                           Por Mónica Rivero                         Tomado de  http://www.cubadebate.cu

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Fito Páez en el Karl Marx. 1ro de octubre de 2014. Foto: Marcel Fernández.

 

“Hace 20 años nos vimos aquí, también con Fito“, comentan nostálgicos dos amigos “cuarentañeros” cuando se reencuentran ahora, al cabo de despedir a lo largo de estos años a otros diez que conformaban su grupo. Comprobado: Fito Páez en Cuba puede ser un encuentro con otro tiempo, a través de nostalgias compartidas.

“Esencial”: concierto en el teatro Karl Marx, parte del programa del Festival Leo Brouwer de Música de Cámara fue el lugar de la cita que nunca se hiciera, ni falta hizo.

Presentado por el propio maestro Brouwer ante un auditorio abarrotado, Páez interpretó temas de su autoría y ajenos (también suyos en tanto queridos) acompañado por la Orquesta de Cámara de La Habana y el pianista cubano Aldo López-Gavilán: “…un muchacho que tiene 40 dedos en cada mano”, tal fuera la seña ofrecida por el Maestro al invitarlo a escena.

Anunció entonces que se trataría de un concierto especial: “atípico, tratándose de Fito, que ya es atípico”, insistió. Lo particular estaría dado por el formato de la presentación, y por que interpretaría obras de Silvio Rodríguez, Pablo Milanés,Charly García… cantaría Fito sus amores, sus nostalgias en lo que sería un homenaje a la música americana.

Conversó mucho entre canciones y se movió en el escenario al uso de Fito Páez, cantó a capella Quién dijo que todo está perdido, presentó Un vestido y un amorevocando la noche en que conoce a Cecilia Roth y cómo no se va esa noche ni en los diez años que le siguieron.

“Cuba me salvó”, comentó luego. “Estaba en Buenos Aires, en una etapa de crisis por unepisodio siniestro en mi familia, y Pablo me trajo pacá” (debía ser dicho en pleno cubano). “Y aquí me salvaron”. Era la Cuba de Varadero ´87, “todos con la cabeza llena de música”.

“Esencial”, de Silvio a Pablo en un arco musical que fue de La vida a Para vivir.DedicóCable a tierra a Santiago Feliú, a quien –según contó– solía cantarle esa canción. Hizo también un homenaje a Luis Alberto Spinetta, en un momento del concierto en que había dicho en tono melancólico: “Todo parece muy simple: venimos, estamos y nos vamos”.

A las predecibles aclamaciones del público llegado el fin del repertorio pidiendo una canción más, contestó Al lado del camino, sello de un concierto de mezcla, trovo-tanguero, evocador asimismo de emociones variopintas y no pocas veces, incluso, encontradas.

 

 

Fito Páez en el Festival Leo Brouwer de Música de Cámara. Foto: Carla Valdés León.

Fito Páez en el Festival Leo Brouwer de Música de Cámara. Foto: Carla Valdés León.

Concierto de Fito Páez en el Karl Marx. Foto: Iván Soca Pacual.

Concierto de Fito Páez en el Karl Marx. Foto: Iván Soca Pacual.

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Concierto de Fito Páez en el Karl Marx. Foto: Iván Soca Pacual.

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Concierto de Fito Páez en el Karl Marx. Foto: Iván Soca Pacual.

El maestro Leo Brouwer, anfitrión, junto a Fito Páez. Foto: Carla Valdés León.

El maestro Leo Brouwer, anfitrión, junto a Fito Páez. Foto: Carla Valdés León.

Fito Páez: “Cuba me salvó”. Foto: Carla Valdés León.

Fito Páez: “Cuba me salvó”. Foto: Carla Valdés León.

Un corazón para ofrecer. Foto: Carla Valdés León.

Un corazón para ofrecer. Foto: Carla Valdés León.

Fito Páez y Dayana García, directora de la Orquesta de Cámara de La Habana, al final de la presentación. Foto: Carla Valdés León.

Fito Páez y Dayana García, directora de la Orquesta de Cámara de La Habana, al final de la presentación. Foto: Carla Valdés León.

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Benicio Del Toro, rodar en Cuba es un privilegio

Benicio del ToroBenicio del Toro, de 44 años, ha adelantado que los protagonistas de esta historia serán los cubanos Daisy Granados y Vladimir Cruz. “Por el momento es el único proyecto que me ocupará en los próximos días. Es lo que tengo en mente, me enfoco en una sola cosa cada vez”, ha indicado.

El actor puertorriqueño Benicio del Toro dijo hoy a Prensa Latina que se siente parte de la capital cubana, casi un habanero, rodar aquí mi primer proyecto como cineasta es un gran privilegio, afirmó.

El protagonista de El hombre lobo viajó el miércoles último a la isla y no descansa ni un minuto para comenzar el viernes la filmación de una de las historias de Siete días en La Habana, en la que participan otros seis realizadores.

La Habana es el mejor sitio para iniciar esta aventura, añadió, estar por primera vez detrás de cámaras.

La relación del artista con Cuba ha crecido con sus más de 12 viajes. Aquí tengo muy buenos amigos, siempre vengo a trabajar, pero me encanta hacerlo, apuntó.

Centrado en su nuevo reto, el ganador de la Palma de Oro en Cannes 2009 al mejor actor por su caracterización de Ernesto Che Guevara, precisó que ya esta listo para iniciar su documental de ficción, de 15 minutos, en el que abordará la vida de un actor norteamericano de viaje en Cuba para un seminario que conocerá en una noche la ciudad, pero no como un turista.

Resumir una trama en 15 minutos no es fácil, destacó Del Toro, a quien lo acompaña la productora española Cristina Zumárraga.

Según adelantó, ya eligió a dos de los protagonistas de su historia, los cubanos Daisy Granados (Retrato de Teresa) y Vladimir Cruz (el David de Fresa y Chocolate).

Por el momento es el único proyecto que me ocupará en los próximos días, explicó el boricua, de 44 años. Es lo que tengo en mente, me enfoco en una sola cosa cada vez.

Siete días en La Habana cuenta con el apoyo de las casas productoras Full House, de Francia, y Morena Films, de España, la misma que respaldó Che: El guerrillero y El argentino, del realizador estadounidense Steven Soderbergh.

Con un presupuesto de tres millones de euros, en la serie largometraje participan el director español Julio Medem, el francés Laurent Cantet, el argentino Pablo Trapero, el palestino Elia Suleiman, el argentino-francés Gaspar Noé y el cubano Juan Carlos Tabío.

En diciembre último, el productor español Álvaro Longoria puntualizó que cada cineasta pondrá su mirada en una ciudad en la que todos llevan vidas diferentes y acaban encontrándose.

En el guión intervienen los escritores cubanos Leonardo Padura y Eliseo Antunaga, y el guionista y director Arturo Infante. Las historias transcurren en una semana y tendrán una unidad estilística. Su estreno se prevé para finales de 2011.

El Barrio Chino habanero

Por Rafael Lam*
Imagen activaEl Barrio Chino habanero tiene una larga historia tras sí. Es parte de la vida de los capitalinos, en la misma medida en que las migraciones y la cultura de ese país asiático han matizado la idiosincrasia cubana y enriquecido su mestizaje.

Los primeros chinos radicados en La Habana, en 1858, fueron Chang Leng, con una pequeña fonda, y Lam Siu Yi con su puesto de frutas y hortalizas en la actual Calzada de Zanja. Algunos antiguos culíes, mediante sus propios esfuerzos, habían aprendido oficios diversos de servicio a la población.

En aquel tiempo ninguna otra zona del centro capitalino ofrecía mejores condiciones que la llamada Zanja Real, concebida a partir de 1550, por donde llegaba el agua potable a la población, según datos de Baldomero Álvarez Ríos.

En esa zona estaba instalado un paradero de trenes que transportaba pasajeros hasta el Hipódromo de Marianao. Con estas posibilidades el Barrio Chino siguió creciendo y extendiéndose en varias direcciones.

A principios del siglo XX ya residían en 10 manzanas de esta zona unos 10 mil chinos. El área inicial cubría desde Galiano ( antigua Avenida de Italia) hasta Lealtad. Y desde Reina hasta Belascoaín . Si el corazón del Barrio Chino fue la calle Zanja, puede estimarse que Dragones es la más típicamente china donde radicaban y radican la mayor parte de las sociedades.

En el Barrio Chino comenzaron a pulular pequeños establecimientos comerciales desde fondas y lavanderías, reparadores de calzado, relojes y otros oficios. También bodegas para venta de víveres al detalle, venta de aves y pescados secos, farmacias con productos exclusivos importados de la rica y milenaria medicina tradicional china, sederías, tiendas, restoranes, periódicos, programas de radio, teatros para representaciones operísticas asiáticas. Y muchas sociedades de instrucción y recreo, algunas establecidas en las propias casas de los chinos.

En la primera década de los años sesenta del siglo XIX fluyó hacia la isla una oleada de chinos residentes en amplias comarcas del estado de California, en la zona del Pacifico de los Estados Unidos a donde habían llegado durante la llamada “fiebre del oro”. Los móviles de este éxodo fueron disturbios y motines violentos por conflictos laborales, aunque el flujo nunca se detuvo.

“Para completar el cuadro de las ciudades dentro de la ciudad -afirma Alejo Carpentier- hay que decir que el Barrio Chino-, a partir de la época denominada Danza de los Millones, tomó una importancia enorme: se llenó de mercaderes sumamente ricos.

“Ahí se celebraban las fiestas del dragón, y estaba el teatro el Shangai uno de los teatros chinos más extraordinarios de América Latina, comparable únicamente a los de San Francisco. En este barrio se encontraban farmacias con unas medicinas raras, mágicas para el dolor de cabeza. Muchos chinos llegaron a hacerse tan ricos que contrataban las compañías más famosas de Cantón y Shangai y San Francisco”.

La cifra de descendientes de esa etnia que emigraron en esta etapa se calcula en unos 10 mil, muchos de ellos pertenecientes a una generación que disponía de recursos económicos. Llegaron través de México y Nueva Orleans y se instalaron en casas de clientes adinerados, propiedad de tres banqueros: Lam Ton, Youi Shan y Lay Weng.

En marzo de 1870 abrieron el primer establecimiento de venta de artículos importados de Asia en un local en Sol y Villegas en lo que hoy es el centro histórico.

Años mas tarde, en 1874, se inaugura otro comercio de categoría, en el barrio Chino, el Con Sang Tong, en el que se invirtieron 50 mil pesos, cifra respetable en aquellos tiempos. Su propietario trajo con el un recetario más dirigido a los paladares de los cubanos, amantes de salsas, condimentos y especias.

Surgieron así las celebres comidas chinas, principalmente el shop shuey con vegetales y carnes y, finalmente el famosísimo arroz frito, quizás uno de las pocas comidas inventadas en Cuba: arroz que se fríe en un sartén con recortes de carnes ya cocidas, frijolito, cebollino, salsa de soya china. Este plato se acompaña con sus respectivas “maripositas”.

Entonces comenzaron a proliferar fonditas sin mucha pompa, pero de gran autenticidad y aceptación (como fue el caso de La Bodeguita del Medio). Fundaron los chinos el Pullman, La Muralla, Daytona, Cantón, todos ellos hacían competencia fuerte a los mejores menus elaborados en suntuosos restaurantes.

En la Plaza del Vapor se comía una sopa china y un arroz frito muy barato al alcance de todos: en sus inicios, con solamente diez centavos se consumía un arroz frito de primera.

Coronando el Barrio Chino, en la calle Rayo y San Nicolás (en el Cuchillo Chino), se erguía el más famoso de sus restoranes, El Pacífico, fundado por los hermanos Font, en la década de 1920 con cuatro pisos (después en 1940 se le adiciona el quinto).

Este restoran merece capitulo aparte. Es como el templo máximo del Barrio Chino, la Capilla Sextina de la comida asiática: carnes ahumadas, pescados en salsa, palomitas fritas, sopa de crema de maíz, manjúas fritas, cundiamores chinos, aletas de tiburón, cilantro, acelgas y salsa de ostiones.

En una nueva restauración -con las técnicas del prefabricado muy usadas en los centros turísticos- podría rescatarse ese piso quinto, desde donde se contemplaba toda La Habana y, especialmente la entrada de barcos por la bahía. Los ventanales eran inmensos y proporcionaban a los comensales la sensación de estar a bordo de un inmenso barco.

Armando Chang (Cuang Shu King) contaba que en 1943, en la Calzada de Zanja -donde aún radica- la farmacia china ofrecía una variedad de medicinas importadas desde el lejano Oriente: jarabes, antídotos para dolores, fiebre, problemas estomacales, tónico genital, caballito de mar y hasta huevos de tigre.

Para dar el toque mágico estaba el sincretismo religioso de San Fang Kong (Santa Bárbara y Changó), un personaje histórico con rango de general, en el siglo III de nuestra era, decapitado en una emboscada. Se le erigió un templo en el sitio de la tragedia. Entonces comenzó la leyenda que lo fue convirtiendo en santo. Su nombre verdadero era Cuan Kung, pero se fue descomponiendo, en sucesivas mutaciones, hasta devenir San Fang Kong.

Los teatros, la música y la danza china también merecerían capítulo aparte. Todavía se mantienen muchas de las artes chinas, rescatadas cada día. El Barrio Chino vive, se desarrolla, es uno de los sitios mas visitados por los turistas y los cubanos. En su gran momento fue el Barrio Chino más importante de América Latina.

ag/rfl

*Colaborador de Prensa Latina

Tomado de http://www.prensa-latina.cu

Calle 13 arrasa en La Habana

calle-13-en-la-habana.jpgNo podía ser de otro modo. Con apenas 5 años sobre las espaldas, 3 abrasivos discos llenos de canciones con gancho que pisotearon todas las fronteras entre los géneros latinos, 12 Premios Grammy en la mochila y una impactante carrera artística con la que han “explotado” los escenarios de medio mundo, los reyes de la música urbana, René Pérez y Eduardo Cabra, integrantes del dúo boricua Calle 13, salieron con todas sus armas aceitadas a la Tribuna Antimperialista José Martí para pagar la deuda que tenían pendiente con ellos mismos desde hace buen tiempo: visitar la Isla para ofrecer un concierto ardiente que quedará escrito con letras de oro en las páginas de su viaje musical (y espiritual) por América Latina y el Caribe.

Y la saldaron como mejor saben hacerlo: descargando durante casi dos horas todo el poder de la Calle 13 sobre más de 300 000 personas que no pudieron resistirse a la avalancha de canciones irreverentes, satíricas y fuertes, como fundidas en acero, que nutren el repertorio de batalla de este dúo de Trujillo Alto, y le dieron total libertad a sus cuerpos para moverse como locos desde el principio y hasta el final de un concierto que dio una nueva vuelta de tuerca a las presentaciones en Cuba de músicos foráneos de primera línea, debido, en gran medida, a que esta fue la primera gran banda de la música contemporánea puertorriqueña que ha decidido correr la “riesgosa” aventura de tocar en la Isla, desafiando las leyes del mercado y la arcaica intransigencia de algunos sectores dominantes de la industria musical latina.


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