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EL DISEÑO GRÁFICO CUBANO, UNA CARRERA DE RELEVOS

En este breve texto me acojo a generalidades, sin precisar períodos, empresas y personalidades muy bien descritas en un trabajo que comparte estas páginas. Opto por evocar las muchas y variadas razones que hicieron de las calles y las fachadas habaneras –y en menor pero significativa medida de algunas ciudades principales de Cuba– espacios donde desde muy temprano las artes gráficas y la propaganda alcanzaron un desarrollo que paulatinamente resultaría impetuoso. Podemos considerar que asomaron a la vía pública una vez conquistados los interiores: de cuanto adornaba el salón y se movía en las manos a la conquista del exterior; de las marcas elaboradas por grabadores alemanes y franceses, que en el siglo xix venían a satisfacer demandas de burgueses esclavistas ávidos de exaltar sus posesiones y su vanguardismo industrial –con el consecuente emplazamiento de equipos impresores para la exquisitez de las vitolas y los envases tabaqueros– a periódicos que seguían pautas extranjeras, superadoras de las iniciales listas de entradas y embarques portuarios, crónicas simplemente factográficas, se fue conformando un sentido del reclamo comercial, de la información ilustrada, de la promoción para la competencia, y se tradujo en educación colectiva, costumbre que conminaba la pupila y alertaba el gusto.

Cuba, que fue la hija adorada de España y una suerte de novia deseada de Estados Unidos, recibió de esas partes del mundo, con estilos decantados en la golosa retina de los consumidores, un sentido emprendedor junto a sus adelantos técnicos, y los desarrolló con una prioridad que en algunos aspectos superó a la metrópoli peninsular y a los países circundantes del Caribe y Centroamérica. Esto ya ocurría en la última mitad del siglo xix en la evolución de los envases y en un innegable refinamiento en la prensa escrita. La llegada de la vida republicana, aunque tardía en relación con los países del hemisferio, detonaría el auge de esa propaganda inicialmente vinculada a los negocios, pero también a las distracciones y a la información de gratificaciones enriquecedoras del entorno como la moda y las líneas de los carruajes en que los poderosos se movían por las ciudades. ¿Qué fueron, si no, los aderezos de los caleseros, sus vistosas chaquetas y elevados sombreros, las calesas mismas, los decorados toldos que hacían amable el tránsito por las arterias soleadas de las ciudades y los anuncios en fachadas de establecimientos y paredones sin aparente uso? Allí, a no dudarlo, se expresaban preferencias por tipografías que los rotulistas agrandaban, detalles embellecedores del espacio y de no escaso humor para captar la atención de los paseantes. Cuando observamos viejas fotos de La Habana nos asaltan esas manifestaciones propagandísticas, verdaderas gigantografías con un carácter marcadamente competitivo. La capital cubana se beneficiaba de su situación geográfica y de resultar, desde el inicio, un punto de encuentro y de entrecruce cultural hacia un cosmopolitismo imparable. Desde entonces el grafismo no se detuvo en su aspecto comercial.

La vida republicana tendría una expresión definidora en el manejo de la propaganda impresa, los anuncios pagados en periódicos donde sobresalía el gusto de empresarios que buscaban la diferenciación e hicieron de esas páginas un muestrario de pretensiones, de puja por sobresalir. Fueron de los mínimos grabados a los letreros con grandes tipografías que explicitaban el carácter de las proposiciones. Algo que llamaríamos «logotipos» emergía de esos reclamos, ganaba espacio al ambicionar la pared ya como sello distintivo, con la multiplicación de aquella imagen diríamos que ampliada «por la línea perpendicular». El dentista usaba una dentadura, el zapatero un zapato, el oculista unos lentes, el sastre un maniquí alfilerado y hasta la funeraria un elegante carromato fúnebre. Algunas familias tipográficas ganaban preferencia en un surtido todavía escaso cuando los grabadores, xilógrafos o creadores para la impresión en serigrafía aumentaron la exigua lista de imágenes, implantaron escuelas y estilos y contribuyeron al mejoramiento de los gustos.

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