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La felicidad en el amor engorda

Obra de Fernando Botero

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tomado de www.cubasi.cu

 

Las personas que tienen una relación de pareja feliz y estable corren mayor riesgo de ganar peso, según revela un estudio dado a conocer hoy en la ciudad alemana de Heidelberg.

Quienes tienen suerte en el amor son mucho más tendentes a engordar que las personas sin pareja, explicó el profesor de Sociología Thomas Klein basándose en los resultados de un análisis realizado a 2000 personas.

Según él, la presión a la que están sometidas las personas que buscan pareja les impide subir de peso.

Cuanto más dura es la competencia, más se esfuerzan los solteros por mejorar su imagen y mantener la línea para resultar más atractivos.

«Todo esto puede explicarse quizá porque los solteros comparten menos comidas o por problemas psicosomáticos, pero el adelgazamiento puede interpretarse también como una forma de “preparación para el mercado de parejas”», afirmó.

El contagio

file_45657.jpgPor Nelson González Breijo, estudiante de Periodismo
Foto: Luis A. Gómez Pérez

Tomado de www.cubasi.cu


De pronto te viene a la mente aquella frase medio difusa. Por más que te esfuerzas, no puedes recordar de quién la escuchaste. Lamentas la mala memoria y, para consolarte, piensas que pudiste haberla leído en alguna parte, quizás por eso no la asocias con nadie en particular. De todas formas, ya no importa. Igual, empiezas a inventariar tus actos, tienes la esperanza de no haberte contagiado. Sabes que no es una enfermedad mortal, pero prefieres mantenerte lejos.

En medio de tu análisis, descubres que han pasado demasiado tiempo juntos. Lo lamentas. Piensas que por el bien de ambos, no debió suceder así. Pero qué puedes hacer, ahora mismo deseas estar a su lado. Ya has vivido en otras ocasiones esa extraña necesidad que tanto te cuesta enfrentar, aunque esta vez es diferente. O quizás siempre es diferente, no interesa precisar eso.

Comienzas a examinarte. Lo primero que te llama la atención son las ojeras, están más acentuadas que de costumbre, caes en la cuenta de que no has dormido suficiente en los últimos días, pero intentas mantener la calma. En definitiva, casi nunca duermes las horas necesarias. También has perdido peso, ya alguien te lo ha dicho. La única justificación que se te ocurre para contrarrestar la creciente preocupación es el ajetreo de los últimos días.

De igual manera ha variado tu estado de ánimo, te molesta que otros puedan darse cuenta. En los últimos días has estado más sensible que de costumbre, tal parece que tu otro yo, ese que de cuando en cuando aparece melancólico, ha decidido quedarse a tiempo completo. El atardecer ahora no es lo mismo, tampoco dejas de ver el mar cuando tienes la oportunidad. Incluso, puedes encontrarle algún sentido a las canciones que en otro momento hubieras considerado intolerablemente cursis.

Tantos cambios repentinos han empezado a corroer tu autoestima. A veces te sorprendes en medio de la inseguridad. Sientes que no es tu estado natural. A pesar de todo, hace mucho que tomas tus decisiones y cualquier cosa que atente contra ello, te inspira poco menos que rabia. La sospecha vuelve a hacer presa de ti, ahora con más fuerzas.

No quieres dar brazo a torcer y como última maniobra, te dispones a demostrar la transparencia de tu comportamiento cuando están juntos. Craso error. Encuentras síntomas alarmantes, comunes entre quienes viven la enfermedad: la tendencia a filosofar con la mirada, el placer hallado en el rejuego con las palabras, la nostalgia por cada minuto compartido, la inconformidad, la ayuda más autocomplaciente que generosa…

Tu esperanza de mantenerte a salvo entra en coma. Aquellas palabras medio difusas que te hicieron maquinar todo llegan íntegras a tu conciencia, como si alguien las hubiese acuñado allí de pronto. Crees reconocer el tono de Eduardo Galeano: «El amor es una enfermedad de las más jodidas y contagiosas».

No tienes armas para enfrentar la sensación que te invade. Sabes que puedes engañar al mundo si te lo propones, pero no a ti. Comienzan a interesarte poco las consecuencias de tu padecimiento y te abandonas a los primeros placeres. Sin más objeción, lo asumes: El contagio es un hecho.

Humor de Martirena

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Educar los sentimientos es posible

El amor, el más sublime y a la vez complejo sentimiento humano, se cultiva al igual que todos los demás: el entusiasmo, la esperanza, la generosidad (entre los positivos); la envidia, el egoísmo, la intriga, la angustia, (entre los negativos). Cualquiera que sea la época histórica, la vida ha demostrado que los más nobles sentimientos del hombre han trascendido y doblegado a los más funestos.

Todavía muchos dudan que los buenos sentimientos no nazcan con cada persona, sino que se van educando desde la cuna y son los padres y la familia los primeros educadores de los hijos.

Los mensajes que a menudo difunden los medios masivos aseguran que la facultad de sentir y comprender lo bello no llega por sí sola, hay que desarrollarla desde la infancia y cuanto antes mejor. Por supuesto debe iniciarse en el seno familiar.

Precisamente una de las sendas más efectivas de formar seres humanos con elevada espiritualidad es la de las diversas manifestaciones artísticas. Muchos entendidos en la materia aseguran que el arte es una escuela de sentimientos, pues ella además de satisfacer necesidades estimula la práctica de actos nobles.

Acompañar o motivar a los más jóvenes a apreciar una lograda obra teatral, a disfrutar una excelente exposición plástica o un espectáculo musical, a ver una interesante película… animan y a la vez engrandecen a quienes escogen esas opciones en su cotidianidad.

El descubrimiento de los tesoros de la madre naturaleza también contribuye a guiar a niños y adolescentes hacia el camino de los nobles sentimientos, el cual los conduce a fundar cosas admirables en el paso por la vida.

Pero otra inapreciable vía para la educación de los sentimientos en las más jóvenes generaciones es el ejemplo cotidiano de los adultos; reza un proverbio que la palabra enseña pero el ejemplo atrae. Nada gana la familia diciendo a los niños y adolescentes constantemente que se debe compartir lo que se tiene, sacrificarse para lograr los propósitos, si en la convivencia le demuestran todo lo contrario: sentimientos de egoísmo y envidia hacia otros, por solo citar dos situaciones.

Muchas veces los adultos actúan de modo incorrecto y a la vez quieren imponer a los hijos buenas conductas, para lo cual en el peor de los casos emplean la violencia física o psicológica.

Nada tan reprobable como esto. José Martí lo aseguró en uno de sus apuntes y bien pueden aplicarse sus palabras al tema en cuestión:

“Yo no aseveraría que, en caso de necesidad de empleo de fuerza, los móviles morales- voluntad, dignidad, orgullo patrio, educación- son superiores a los medios materiales- fuerza, costumbre, musculatura, si no fuese de esta verdad ejemplo vivo”.

Es fundamental escoger eficientes métodos cuando de inculcar valores se trata. En este sentido familia, escuela y sociedad deben fomentar un vínculo  que facilite tal propósito.

Una investigación realizada en una de las principales universidades cubanas, la de Santiago de Cuba, asevera que la formación de los sentimientos humanos internos, los intereses y las motivaciones transcurre de forma distinta a la empleada en la asimilación de informaciones, reglas y costumbres. Por ejemplo, se puede explicar al alumno reglas aritméticas y gramaticales, presentar ejemplos y plantear las tareas correspondientes y como resultado se asimilan estas reglas. Otro ejemplo, puede convencerse al educando de que se lave las manos antes de las comidas y mediante la repetición, consolidar la costumbre.

“Pero no se puede dar una charla sobre la honestidad, la bondad o la sensibilidad y proponer después determinadas ‘tareas’ con la esperanza de formar así estos valores. Por este camino, lo más probable es que formemos a un hipócrita. Un programa de estudio político podemos dividirlo en temas, clases y actividades, pero lo que no podemos estructurar en esta forma es un programa de formación de valores”.

Por Esperanza Soler Cruz

Tomado de www.cubasi.cu

La Felicidad

Hace unos dias visitando algunos sitios en internet me encontré  con este trabajo que me pareció muy bonito  por la forma en que define la felicidad.

felicidad1.jpgQue es la felicidad?
Es un estado
permanente?
Es posible?
Es una utopia?
Se logra?
Se merece?
Es un derecho?
Como alcanzarla?

Recuerdo lps dias de mi infancia en los que el tiempo transcurria en juegos, cero preocupaciones, cero “rollos”.

Veia a la gente y las cosas de una manera distinta (sin prejuicio alguno). Disfrutaba con cosas que hoy ni siquiera me llamarian la atencion, en fin estaba sumido en un estado de armonia y despreocupacion total)

Ahora, me doy cuenta que esa felicidad se debia a que yo disfrutaba la vida tal como la recibia, no andaba en busqueda de nada en particular, cada momento era bueno de por si.

Entiendo ademas, que la vida es una serie de etapas por las cuales pasamos, y que todo lo que nos sucede tiene un proposito.

Señores, concluyo que nosotros estamos aqui para amar, si, amar todo lo que nos rodea, incluyendonos a nosotros mismos.

Ese es el mayor aprendizaje en esta vida.

Acepto que lo anterior suena muy simple, hasta poco real si vemos las actuales circunstancias que nos rodean.

De las personas que considero felices, he notado esa capacidad para amar a todos y a si mismos.

Amar no significa ser debil, significa ser honesto.

Tomado de:http://lapaginadejavier.blogspot.com