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Los reporteros también lloramos

Estas son palabras del fotorreportero de Granma Juvenal Balán, quien integrara el equipo de periodistas cubanos que cubrió la tragedia  del terremoto en Haití, y a quien aún el dolor lo sobrecoge.

«Comparo las flores con las doctoras, las enfermeras y las paramédicas que contribuyeron entonces a salvar tantas vidas, como ahora lo hacen las que luchan contra el cólera, tan triste y duro como un terremoto. Y las espinas son las heridas mortales, las amputaciones, las gangrenas, el grito de dolor, la angustia, el terror ante la posibilidad de morir. Y el médico que asistió al niño fue un haitiano graduado en la ELAM en Cuba. Por cierto, le pusieron al niño el nombre de Fidel».

Tomado de http://www.juventudrebelde.cu

Por: Luis Hernández Serrano

El niño pide ayuda en vano a la madre muerta. Foto: Juventud Rebelde

 

 

El niño pide ayuda en vano a la madre muerta. Foto: Juventud Rebelde

«Cierro los ojos, pienso en el drama del terremoto de Haití, que cumple ya un año exacto, y un nudo me vuelve a apretar la garganta», confiesa el fotorreportero de Granma, Jorge Juvenal Balán Neyra, quien estuvo en la cobertura de aquel desastre natural desde los primeros días, junto a la joven periodista Leticia Martínez.

El colega evoca aquella vez en que, dentro de la ciudad, esperando el rescate de los brigadistas internacionales en unas edificaciones derrumbadas casi totalmente, había un cadáver en una esquina, ya incinerado; sin embargo, un gallo fino lo picoteaba, hambriento como los propios haitianos que quedaron vivos.

«Esa foto la tiré con dolor, pero era algo inusual y nuestra misión allí era retratar la realidad, aunque fuera terriblemente dura», explica Juvenal. Y añade: «Son crudas imágenes que nos dan la medida de que la vida, por muy rica que sea —y lo es— aunque uno no lo quiera, puede perder toda su magnitud y su inmenso valor en fracciones de segundo, como ocurrió en ese país hermano, uno de los más pobres de Latinoamérica y del mundo».

Sus ojos tienen un brillo mojado, es el sentimiento que asoma a sus pupilas, sin poderlo evitar, como fruto del recuerdo. «Imágenes como aquella que atrapé con mi cámara nos demuestran también que el azar a veces rompe todo lo que queremos y amamos. No se sabe si es el destino. Pero de súbito nos pone lágrimas en el rostro, y es que los reporteros, como los médicos, también lloran».

Recuerda Juvenal que él y Leticia pasaron un gran susto en la Catedral de Puerto Príncipe. Estaban dentro de lo que había quedado sin caer. Entraron a ella para captar gráficas que sirvieran para evidenciar el tamaño de la tragedia vivida allí. Ese templo está un poco distante del Palacio de Gobierno, también seriamente destruido.

«Dicen que una Catedral es como la Casa de Dios. Pero es curioso, en estos desastres se derrumban las paredes, los techos, los muros casi todos, pero quedan como intocables las estatuas, las esculturas de vírgenes y santos, los íconos sagrados, los ídolos adorados. Yo lo vi cuando el tsunami. Yo vi en Sri Lanka, por ejemplo, como ¡los Budas quedaron en pie! Y después del terremoto en Paquistán sucedió igual».

Refiere el fotorreportero que entraron a la Catedral haitiana y en una pared quedaban algunos cuadros colgados. «En ese instante sopló un aire muy fuerte y cerró con un estruendo enorme un añoso portón de madera dura que puso a temblar de golpe las porciones de paredes que se mantenían erguidas. Leticia me dijo en ese momento que nos estábamos como jugando la vida. Y es que si nos ponemos a pensar en el peligro de esas circunstancias, no puedes hacer tu trabajo.

«Yo he tenido varias experiencias en la cobertura de desastres y catástrofes. Había visto muchos muertos y heridos graves, casi en masa. Pero ella, cuando llegamos y el jeep que nos llevó hacia el centro de la tragedia pasó junto a un muerto que yacía en una esquina, no pudo evitar decir: “¡Es el primer cadáver que veo en mis 25 años de vida!”».

Después le confesaría a Juvenal que tuvo que sobreponerse a partir de ese minuto para poder escribir lo que veía, y de ahí nacieron crónicas magníficas en los seis meses de deambular junto a los damnificados.

«A mí lo que más me impresionó fue la destrucción casi instantánea de más de 200 000 vidas de haitianos. Vidas perdidas sin tiempo de salvación, una muerte masiva de golpe y porrazo, sin remedio. Me recordó los versos del peruano César Vallejo: “Golpes como del odio de Dios”».

Reflexiona el fotógrafo que le impulsaba a cumplir con su deber profesional ver el alma que le ponían a todo los hombres y mujeres de la salud pública cubana, y el apoyo constante de la Isla.

«Nosotros vimos actuar a los cirujanos como clínicos y a los clínicos casi como cirujanos, pero, sobre todo, al equipo que se formó en cada rincón del drama, mirando el dolor con ganas de llorar, pero salvando vidas a partir de la experiencia de todos juntos y del amor que han aprendido de la Revolución. No es teque. Así fue. No me lo contaron, Leticia y yo, y los demás colegas cubanos, somos testigos de que no miento».

Nos impactaron los niños

«No se me olvida el niño de piel de noche oscura que fue rescatado de los escombros, ya en estado sumamente crítico y que no tenía salvación posible, no obstante el abnegado esfuerzo de nuestros médicos. Allí vi lágrimas de nuestras enfermeras y de nuestros ortopédicos y cirujanos. Dejó de respirar ante el lente de mi cámara. Esa foto desgarradora la incluí en una exposición en la Casa de la UPEC, en octubre, y un joven periodista me preguntó por qué había apretado el obturador de la cámara ante semejante dolor y crueldad del destino».

Juvenal contestó que si se ponía a pensar en la familia, en los niños de las casas cubanas, en los sentimientos humanos más hondos, en el dolor de los padres ante la muerte de un pequeño, no lo hubiera hecho, pero como profesional de la fotografía y de la noticia tenía que jugar su rol.

«Si ante una circunstancia como esa lo pienso bien, no aprieto el obturador, pero hubiera faltado esa foto y mi misión era captar la realidad, por angustiosa que fuera, para que se divulgara por el mundo el dolor de los haitianos, pues ya son siglos de espanto si cuento los que han vivido por culpa del colonialismo y del capitalismo más salvaje».

No olvida Juvenal otra gráfica impactante, la del parto de una mujer: «Las embarazadas en desastres como aquel suelen adelantarse. Me llamó mucho la atención el contraste entre la vida y la muerte, como lo que dijo un poeta en una ocasión como esa. Como si un moribundo le dijera a la criatura que acababa de venir al mundo: “Tú llegas a la vida,/ yo de ella me alejo;/ tú brotas entre flores,/ yo me marcho entre espinas”.

«Comparo las flores con las doctoras, las enfermeras y las paramédicas que contribuyeron entonces a salvar tantas vidas, como ahora lo hacen las que luchan contra el cólera, tan triste y duro como un terremoto. Y las espinas son las heridas mortales, las amputaciones, las gangrenas, el grito de dolor, la angustia, el terror ante la posibilidad de morir. Y el médico que asistió al niño fue un haitiano graduado en la ELAM en Cuba. Por cierto, le pusieron al niño el nombre de Fidel».

Explica nuestro entrevistado que recuerda con enorme desagrado el desprecio, las amenazas, los golpes y hasta los disparos de balas de goma contra el pueblo haitiano que se congregó frente al aeropuerto en busca de amparo, de trabajo, de agua potable, de alimentos, de ayuda. Y que no ha podido entender nunca cómo el ejército norteamericano prácticamente invadió Haití en esos días y ocupó el aeropuerto y se desplegó en distintas zonas, tomando la tierra herida y sangrante de Haití como un polígono de prueba para sus alardes de fuerza militar.

Juvenal cumplió 59 años en Haití, y en los primeros días de marzo cumplirá sus 60 años. Está orgulloso de ser cubano y de la conducta de todos los compañeros de la prensa que fueron a Haití entonces y los que hoy están allí. Nos dice para concluir:

«En verdad cuando uno participa en una misión como esta que hoy evocamos, eres uno cuando llegas y otro cuando sales. Lo que más aprendí allí es el valor de las cosas aparentemente ínfimas y sin importancia. El valor de las pequeñas cosas cuya utilidad uno no sabe hasta que no las pierde. A veces nos quejamos demasiado de la cotidianidad del trabajo, de la situación de algunos momentos en la cocina de los hogares, de nuestras vidas, de pequeñeces que a veces nos faltan y, en una experiencia como esta, sin justificar los problemas reales, nos damos cuenta de que somos ricos».

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