¿Tú me oyes?

Por Mayli Estévez

Ilustración: Martirena

Se tiró encima sus mejores prendas. Retocó todas las partes importantes del maquillaje. Puso énfasis en los ojos y la boca. Ella sabía lo que hacía. Igual se perfumó. Aunque, por primera vez, aquello no tenía mucha importancia. Se puso los tacones, cogió el creyón, el celular, los audífonos y salió a la calle. Era una vedette lista para conquistar el ciberespacio.

Sentada en un banco con sombra del parque Vidal, sacó el creyón, empolvó la cara y se conectó con videollamada. Al instante supo que compartiría con los demás del banco algo más que la wifi.

—Oye, ¿me escuchas? ¡Oyeee…!

Y el grito posiblemente lo hayan escuchado en Roma. Mientras la señora de al lado, que no tenía celular ni wifi, pero era superamistosa, saludaba al rostro que asomaba en la pantalla.

—¿Una nueva amiga, ma’?

—No, hijo, no. Es la mujer que estaba sentada aquí cuando llegué, pero tú sabes que los cubanos somos unos contentos. Además, me contó que sacaron papel sanitario en «Praga». De aquí voy pa allá, que eso vuela. Pero no me has dicho nada del nuevo look.

La señora se levantó presurosa y se pasó el celular de la cabe-za a los pies. Dudo que el de Ro- ma haya visto algo claro. Y en ese traqueteo se le «congeló» la conexión.

¡Este hijo mío siempre ha sido un despistado! Comentó con la de al lado, que seguía con total atención la videollamada. Esta asintió con la cabeza como si se hubiera criado con él.

«Lo de la internet es un lío, y a esto le dicen congelarse, con el calor que está haciendo», continuó la de la wifi, mientras volvía a presionar la cámara en el imo. Por supuesto, la superamistosa le dijo que sí. Aquí al menos tenía razón en asentir porque el calor era para todos.

—Oye, ¿me escuchas? ¡Oyeee…!

Y volvimos al principio. La señora estuvo repitiendo eso como entrante del bocadillo siguiente. Se retocó el maquillaje otras tres veces. Llevaba al uníso-no la llamada y la charla con la amiga gratuita que se encontró en el banco. Le contó al hijo los mil y un enredos con la propiedad de la casa, cómo la hija de Juanita (la que vivía en la esquina) se había casado con un canadiense, y que la prima de Güinía venía a quedarse en Santa Clara esta semana. Siempre contando con la aprobación y solidaridad de la señora de al lado, por supuesto. La misma que en un rato supo más noticias que en el noticiero de las ocho. No sé si consumió la hora y los dos cuc, ni si habrá conseguido el papel sanitario, pero la que llegó como vedette, como vedette se marchó del parque.

Sí, en tiempos de wifi hay que estar a la altura. Si algo se va a caer, que sea la conexión. Al fin y al cabo, que me haya enterado de los sabores y sinsabores de la señora es culpa de la wifi. Porque… ¡yo sí no oigo conversaciones ajenas!

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