Retrato de la escuela cubana de ballet

Por el Dr. Miguel Cabrera*
Fotografías de Rebekah Bowman

Tomado de  http://www.cubadebate.cu

Tuvo razón el prestigioso crítico inglés Arnold Haskell cuando medio siglo atrás definió a nuestra escuela balletística como “el milagro cubano”. Lo que sí es necesario precisar es que ese fenómeno artístico, hoy mundialmente reconocido y elogiado, no fue el resultado de un don divino, sino el fruto de elementos y circunstancias totalmente humanas y terrenales: la riqueza danzaria de un pueblo, siempre presto a expresarse en el lenguaje del movimiento; la presencia de figuras capaces de expresar, en el nivel más alto, ese patrimonio popular; y la comprensión y el apoyo de una gestión cultural que fue capaz de convertir, lo que se creyó una utopía, en un hecho real e irreversible.

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Porque si bien es cierto que desde 1800 los escenarios habaneros conocieron ese bello arte, gracias a la presencia de notables figuras y compañías extranjeras; y en la etapa republicana del siglo XX los empeños de la Sociedad Pro Arte Musical y del entonces desamparado Ballet Alicia Alonso, raíz del hoy Ballet Nacional de Cuba, abonaron el camino, no fue hasta el advenimiento de la Revolución, en 1959, que la semilla plantada pudo germinar a plenitud. A partir de entonces de la Academia de Ballet Alicia Alonso, fundada en 1950, se esparció un método pedagógico propio que hoy día logra sus mejores frutos a través de una red de escuelas que abarca el país entero. Desde allí los talentos, como promisoria arcilla, son moldeados por los maestros, hasta entregarlos a las compañías profesionales, donde culminan su pulimento artístico.

La sólida formación técnica, la ductilidad estilística, la armónica integración racial y la preservación de una rica herencia cultural, hacen de cada bailarín cubano que aparece en las escenas del mundo, una presencia a admirar.

Feliz ha sido la idea de Rebekah Bowman, fina y sensible artista del lente, de apresar esa metamorfosis en las bellas fotos que nos entrega, y que demuestran, en clases y ensayos, momentos del quehacer de la Escuela Nacional de Ballet y del Ballet Nacional de Cuba.

Con aguda pupila, ella logra captar los múltiples aspectos del diario ritual de la clase, tanto el que se desarrolla en la barra como en el centro del salón. Allí, alumnos y profesionales, hacen la entrega disciplinada para lograr la corrección de las posiciones y del “en dehors“ académico, la flexibilidad mayor, el virtuosismo de los giros, saltos y baterías; y las exigentes demandas de los dúos. No están ausentes en sus fotos los testimonios de la estrecha relación alumno-profesor en la corrección de pasos y poses y en el otorgamiento de un sentido expresivo, de un sentimiento, a cada reto físico, sin el cual sería imposible lograr un arte verdadero.

Esta exposición, que recibimos agradecidos, además de constituir un valioso testimonio gráfico, es un tributo a una rica herencia y un muestrario de la inagotable levadura que habrá de nutrir el futuro del ballet cubano.

*El Dr. Miguel Cabrera es Historiador del Ballet Nacional de Cuba.
La Habana, octubre-noviembre 2014

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