«Celularitis»

 

Del periodista Yandrey Lay Fabregat  traemos este comentario sobre el uso de los celulares.

 

En algunas culturas, sin exceptuar a Cuba, la posesión de un  celular es tanto el último grito de  la moda como un símbolo de  estatus. Carecer del fetiche tecnológico pudiera excluirte de eterminados círculos. Por eso algunas personas, principalmente jóvenes, prefieren pedir el teléfono prestado a un amigo, usar uno sin línea o, incluso, colgarse a la cintura uno de juguete.
Los que tienen uno y lo usan, categoría aparte en esta historia, se dividen a su vez entre aquellos que «hablan de verdad» por el celular, los que pueden darse el lujo de mandar un mensaje de texto (SMS) y los que tienen que conformarse con que les marquen para después llamar por un te­léfono fijo.
Estos últimos han creado un código, casi equiparable al de Mor­se, para comunicarse mediante el móvil sin tener que gastar un centavo, en que la cantidad de timbrazos puede asociarse a todo un catálogo de acciones, por ejemplo: «Te marco, y si me vienes a recoger me marcas y lo de­jas sonar dos veces.»

Una enfermedad llamada «celularitis»

A finales de 2011 existían en el país un millón 200 mil abonados a la telefonía móvil, cifra seis veces superior a las 198 mil líneas que había cuando en marzo de 2008 el gobierno cubano autorizó la comercialización de este servicio.
Y aunque en los últimos cuatro años la densidad telefónica se ha incrementado hasta abarcar el 10 % de la población, aún Cuba arrastra el valor más bajo de América Latina, pues, por ejemplo, en Argentina hay 1,5 móviles por habitantes.
La Empresa de Telecomunicaciones de Cuba (ETECSA) ha puesto en práctica estrategias para que más cubanos puedan acceder al servicio, como las tarifas diferenciadas, la recarga desde el exterior, el cobro revertido y la rebaja del 75 % de la cuota de activación (de 120 CUC a 30 CUC), ocurrida en mayo pasado.
El promedio de celulares, contrario a lo que pudiera pensarse, es una estadística importante porque no solo tiene que ver con la comunicación interpersonal, sino también con la distribución del conocimiento y el acceso a internet.
No obstante, una cosa es el uso y otra el abuso. La «celularitis» aguda ha copado todos los intersticios de la sociedad cubana. No resulta difícil reconocer a los infectados. Son personas nerviosas, que no pueden estar cinco minutos sin tocar el móvil. Miran la pantalla del artilugio y acarician las teclas, sin decidirse a guardarlo e iniciar una conversación cara a cara, la más antigua y eficiente forma de comunicación.
Hay quien utiliza el aparatito para cortar cualquier intento de charla, tal vez porque no tiene mucho qué decir, y otros, mientras hablan, miran alrededor cada cierto tiempo, verificando que el teléfono fijo que ficharon nada más entrar al local no haya sido ocupado por un «intruso».

Los efectos de la «pandemia»

Los efectos de la «pandemia» están comenzando a verse en áreas de la sociedad donde nadie hubiera pensado que lle­ga­rían. En los últimos tiempos no he visto reu­nión en que no suene un celular, a pesar de que muchos organismos prohíben la entrada de esos artilugios en sus salones.
También resulta alarmante la cantidad de personas que toman llamadas al conducir un automóvil, transgresión sancionada en el artículo 102, inciso 9, de nuestro Código de Seguridad Vial. En otras ciudades del mundo, como California y Nueva York, existen regulaciones parecidas, aunque permiten el uso de auriculares del tipo «manos libres».
Sin embargo, el problema no reside en tener las dos manos sobre el volante, sino en dividir la atención entre la carretera y el mensaje que se está cursando o recibiendo. Las estadísticas muestran que atender el celular mientras se conduce, por la distracción que ello conlleva, es la causa de un tercio de los accidentes en los Estados Unidos y de un quinto de los que ocurren en México.
Algunas compañías, como la canadiense Aegis Mobily, han diseñado programas para evitar que los conductores utilicen el móvil en la carretera. El artilugio de la Aegis, nombrado DriveAssistT, puede archivar llamadas y mensajes de texto si detecta que el teléfono se mueve a gran velocidad. Además, envía un correo de voz al emisor para alertarle que el usuario no lo puede atender porque se encuentra al volante.
El DriveAssistT, cuyo funcionamiento se apoya en el Sistema de Posicionamiento Global (GPS), se instalará en celulares que usen el sistema Windows Mobile, así como en los aparatos construidos por Nokia y Sony Ericsson, que copan gran parte del mercado mundial de telefonía móvil.
No obstante, resultará inútil cualquier programa informático si los usuarios de la tecnología móvil no se percatan de que el teléfono que llevan colgado como un amuleto mágico no es un fin en sí mismo, sino un medio de mantenernos unidos al trabajo, la diversión y, principalmente, a otros seres humanos.
De otra manera, el artilugio que hemos creado para facilitar la comunicación se convertiría en un impedimento para esta y, francamente, sería preferible volver a las señales de humo o las palomas mensajeras. Si usted, el que ahora me lee, está de acuerdo conmigo, marque el número del periódico y déjelo sonar dos veces.

 

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