Roberto el periodista

Roberto González Quesada fue el fundador más activo del periódico Vanguardia.

Por: Luis Machado Ordetx

www.cubanosdekilates.blogia.com

 

Dos redacciones amatorias tuvo Roberto González Quesada –el «Patriarca de las teclas villareñas»–, desde que se involucró con el periodismo contemporáneo a mediados de la segunda mitad del pasado siglo, ocasión que lo afilió a El Comercio, y también a las corresponsalías de los diarios habaneros El Crisol y El Mundo. Todo surgió a partir de su enclave en el territorio de Cienfuegos, la otrora ciudad de crianza cuando la familia se desplazó de Abreu a la Perla del Sur.

Sin embargo, fue Vanguardia, en Santa Clara, la cuna de adopción desde 1962, momento en que se gestó el antiguo diario de Las Villas y comenzó a desplegar con mayor aplomo un periodismo filoso, irónico, incisivo y crítico en el rastreo de acontecimientos históricos, de inmediatez regional y de abordaje de temas repletos de informaciones conservadas ahora en viejos anaqueles de páginas amarillentas por el insoslayable paso del tiempo.

Cubierta del libro de cónica Y Cuba Era Una Fiesta, un texto medular para el disfrute de la crónica periodística que hurga en el pasado histórico de los cubanos. (Fotocopia de Luis Machado Ordetx)

Tomó el 1917 como fecha de nacimiento, aunque en algunos manuales se diga que todo sucedió un año antes. Eso no importa. Trasciende más la pedagogía autodidacta, aprendida de antaño en las antiguas redacciones, en las cuales siempre incorporó a los más o menos diestros pupilos que lo secundaron hasta que el 4 de octubre de 2004, el lamentable deceso lo dejó sin resuello por y desde el periodismo crítico y filoso.

Un solo libro, de majestuosa crónica del pasado, elaboró González Quesada, quien este 18 de noviembre estuviera cumpliendo 94 años. Con Y Cuba era una fiesta, vertebró aquellos conocimientos que por décadas sumó a un acto reporteril incisivo, de memoria prodigiosa y de prosa bullente, alejada de todo signo chato del decir historiográfico y periodístico.

Gracias a aquella edición de 500 ejemplares, preparado por el sello de Capiro, en Villa Clara, el lector cubano puede detenerse en la anécdota chispeante y polémica que pululó, en hombres y acontecimientos, en aquella historia cubana que “privilegió” la primera mitad del siglo que feneció en el 2000.

Roberto González Quesada en el momento de escrutar la cuartilla escrita por otros, incluso la propia, enjuiciaba con «ojo de águila» los ingredientes noticiosos implícitos en los más elementales o complejos de los géneros periodísticos. Lo hacía, justo, por el privilegio de la autocrítica al discurso comunicativo, a la autoenseñanza que prodigaba desde el mutismo o la discusión intrínseca en lo polémico.

Su voz todavía resuena, no solo en los corrillos de lo anecdótico, sino también en la sagacidad de un discurso de validación hacia lo no trillado por otros, hecho que no solo inspiraron un respeto hacia lo escrito, sino también lo alentaron en su manera de proceder.

El gremio lo catalogó en 1999 como Premio Nacional de Periodismo, mérito que por modestia jamás creyó y se consideró un periodista más hasta los últimos días de su existencia cuando entregó a la redacción de Vanguardia las habituales columnas Contrafilo y Tirando a Fondo,  secciones instauradas, incluso en CMHW, desde la mirada y la perspectiva crítica del acontecer económico-social cubano de la contemporaneidad.

Lector sagaz, decía que al periodismo se entra con olfato, con valentía y conocimiento diario sobre lo que se escribe y se ausculta;  y el titulo es un privilegio en esa dramaturgia que la palabra adquiere en la medida en que se hilvana, conforma oraciones, párrafos y se hace digerible por el lector que se recrea en la historia sin mediar en el tiempo en que ocurrió y los personajes que la desencadenan.

Tal vez recordaba en esa sentencia sus inicios de carpintero ebanista; de orfebre de la madera y de degustador de finos rones con preferencias de añejos desprovistos de aderezos. Lo malo de la escritura, exponía, «se deshace en el instante y no logra posteridad; sencillamente hay que botarlo al cesto de la basura; no sirve para llevarlo a un lector interesado en la historia multiplicadas en géneros periodísticos que nada exponen a la actualidad comunicativa.»

A parte de las historias comprendidas en viejas ediciones de los medios de prensa en los que laboró, y las preferencias por las que albergan las ediciones de Vanguardia desde el 9 de agosto de 1962 hasta el 4 de octubre de 2004, los 13 textos-crónicas literarias –y también crónicas-periodísticas– de Y Cuba…, son joyas de principio a fin de ese hacer escritural dispuesto en un libro mayúsculo que retoca las cualidades de estilo enjundioso concebido por un Maestro.
Por sus méritos profesionales recibió las distinciones por la Cultura Nacional y Félix Elmuza, así como la de Hazaña Laboral de Tercer Grado. Sin embargo, nada lo envanecía.

Era un redactor más, y su mejor «casa» el teclado de una máquina de escribir; una computadora moderna y el taller de composición de materiales, que junto a tipógrafos, cajistas y linotipistas, de buenas a primeras, deshacía y volvía a diseñar para enmendar un texto o disponer de un titular o grabado de mayor connotación en la actualidad.
Ese era Roberto, un diestro periodista que sintió la redacción como predilección de hacer de una escritura ágil, veraz y polémica a la hora de discurrir sus puntos de vista sobre el acontecer inmediato de la historia que se recrea.

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