El dilema de crecer

Por Liena María Nieves Portal, de CMHW

 

Ya sea para los fervientes defensores de la idea de que llegamos a este mundo con una estrategia previamente trazada, conocida popularmente como destino, o para aquellos que no creen en nada, fuera de lo que puedan hacer por sí mismos, lo cierto es que hasta que los sucesores de Darwin y su teoría de la evolución no prueben lo contrario, la esencia del ser humano se resume en nacer, crecer y despedirse algún día, con glorias o sin ellas.

Sin embargo, aunque el momento en que abrimos ojos y gargantas a la vida se inmortaliza con cientos de fotografías y recuerdos, y el adiós sin retorno constituye el clímax de la existencia, los años del primer pasito, los primeros novios, la graduación de la universidad, marcan la diferencia, porque no importa  que ya hayamos alcanzado la máxima estatura y comience a delatarnos alguna que otra flacidez, para dicha del ser humano el desarrollo nunca termina.

En este tema del crecer las apreciaciones son múltiples, pues para cada cual puede contener numerosas interpretaciones. Los padres de bebés ruegan porque pasen en un suspiro esos meses hermosos y terribles en que lloran por todo y no conoces el motivo, aunque años después lamentan que la edad de oro de la infancia resulte tan estrecha, pues ya la niña o niño mimado no sale a la calle de la mano de papi y mami bajo ningún motivo, humano o divino.

Otros suspiran por el hecho de que cada cumpleaños implica un paso más hacia la absoluta independencia, sí, porque está muy bien eso de hacer y deshacer a tu antojo, pero nada se compara con poder pedirle un dinerito a la abuela o disfrutar la placidez de dormir hasta media tarde, en fin, vivir como una agradable carga hasta el lejano día en que te toque asumir tus gastos, y encima, ayudar a la familia. Sin embargo, algunos anhelan aunque sea un centímetro más de altura, porque ello significa que cada vez se acerca más el glorioso día en el que tener novio no implique crisis existenciales para la madre o ataques de ostracismo  para el abuelo machista y malgenioso.

Claro, el crecimiento no se limita a ser más altos o aumentar la talla, pues a la par de ese proceso de estirones y hormonas revueltas evoluciona nuestra madurez. Entonces la vida le da paso a nuevas percepciones, nos sorprendemos incomodándonos con la crisis mundial o el azote del cáncer, aunque hasta hace poco las preocupaciones se resumían en el seminario de Economía Política. El que nos importen los demás, el pensar en serio en dónde podría poner la cuna de un niño que ni siquiera ha nacido, resultan signos evidentes de que hemos crecido, y a la vez, abre nuevas posibilidades para continuar haciéndonos grandes, espiritualmente hablando.

Así que solo les recomiendo a aquellos que se sienten retraídos porque pasan por muchachitos aunque casi concluyan la universidad, que disfruten esa buena carta del crecimiento, porque lo que más vale de sí mismos no son los milímetros de menos, sino una personalidad, quizás tan divina, que podrían darse el lujo de repartir encanto entre gigantes sin mucho que ofrecer.

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