Martí, ese sol del mundo moral

Martí

 Tomado de www.cubadebate.cu

Hoy, 19 de mayo, se conmemoran 116 años de la muerte de José Martí, el Apóstol de la Independencia de Cuba. Cubadebate comparte con sus lectores un fragmento de Ese sol del mundo moral. Para una historia de la eticidad cubana (Ediciones Unión, 1995), escrito por el poeta y ensayista Cintio Vitier.

Martí encarna un nuevo tipo de revolucionario que no se resigna a partir de los postulados del colonizador (el desprecio, la represalia, el odio) sino de postulados propios y originales; que no se conforma con la conquista de la libertad desde la esclavitud sino que aspira a la destrucción de la esclavitud desde la libertad; que escapa a la trampa del resentimiento (victoria profunda del enemigo) y al cerrado causalismo de las reacciones primarias, en sí mismas legítimas, para situar el combate en su propio terreno y pelear sólo con armas altas, limpias y libres: “la pureza de su conciencia”, “la rectitud indomable de sus principios”.

Nótese que en el pasaje de la cita, y en todo el indignado alegato, apela también al honor mancillado de España. Poco después, en La República española ante la Revolución cubana (Madrid, 1873), habrá de conjurarla para que “no infame nunca la conciencia universal de la honra, que no excluye por esto la honra patria, pero que exige que la honra patria viva dentro de la honra universal”. De esto se trata: de vivir y pelear por la honra universal del hombre.

¿Idealismo excesivo? Ya vimos que por esos caminos iba la práctica militar y el pensamiento revolucionario de los dos grandes jefes populares de la guerra del 68: Máximo Gómez y Antonio Maceo, sin contar los ejemplos de Agramonte y los esfuerzos de Céspedes por la “regularización” de la guerra frente a los desafueros españoles. Se trata, sí, de un planteamiento original, pero no exclusivamente personal de Martí: lo que él hace es llevar hasta sus últimas consecuencias filosófico-políticas una inspiración que estaba en las tendencias más espontáneas de la Revolución cubana. Se trata, pues, de un planteamiento “autóctono”, que en Martí va a alcanzar la plenitud de toda una concepción ética del mundo, según veremos.

Esa concepción madura durante su destierro en España, su peregrinación por América Latina, y su estancia de casi quince años en Estados Unidos. En España confirma que no hay nada que esperar de sus gobiernos, monárquicos o republicanos; que el pueblo español, lleno de virtudes latentes (sobre todo en sus raíces regionales y comuneras), es también víctima de la obtusa Metrópoli; que el vínculo impuesto entre España y Cuba, por ley histórica, ha de romperse inexorablemente.

Ya lo sabía el adolescente que tuvo primero que enfrentarse con su padre, sargento y celador del gobierno colonial, y con la resignada resistencia de su madre, en el hogar sufrido, lleno de niñas, amenazadlo siempre por la miseria, pegado a los muros de La Habana. Allí conoció una célula, que estaba en su propia carne, de la honradez, la limpieza y la dignidad de lo que él llamó “el sobrio y espiritual pueblo de España”; conoció también la trágica divergencia del espíritu de la tierra que lo dominaba.

Ellos estaban hechos para resistir, él para liberar. Pero con su padre, que se abrazó llorando al pie llagado por el grillete del presidio (”y yo todavía no sé odiar”, comprobó entonces, con asombro, el hijo desgarrado), llegó a tener las más tiernas relaciones de mutua pudorosa admiración; y a la madre pudo decirle con justicia en la carta de despedida final: “Ud. se duele en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida; ¿y por qué nací de Ud. con una vida que ama el sacrificio?”
En México, en Guatemala, en Venezuela, en sus campos y ciudades, halló la otra madre histórica y telúrica, que lo completaba: su América mestiza. Se adentrará en sus problemas, participará en sus conflictos, conocerá sus vicios y virtudes, estudiará sus mitos, amará su naturaleza. El grado de identificación alcanzado por Martí con la raza autóctona de América cobra caracteres desconocidos hasta entonces en un hijo de español.

A partir de estos años, 1875-1881, su escritura en prosa y verso se va saturando, entrañablemente, de símbolos indígenas procedentes sobre todo de las concepciones míticas precolombinas de Mesoamérica y Venezuela. No se trata de un propósito “indigenista” sino de una mezcla de adivinación y estudio que se revela como necesidad profunda de su espíritu destinado a reanudar el hilo del pensamiento original de América, roto en su fase metafórica (comparable a la presocrática en Grecia) por “la desdicha histórica” y el “crimen natural” de la conquista española: “¡Robaron los conquistadores una página al Universo!” Ese robo y violación, ese crimen,, sitúan la injusticia en el origen mismo de nuestra historia. Por eso: “Con Guaicaipuro, con Paramaconi, con Anacaona, con Hatuey hemos de estar, y no con las llamas que los quemaron ni con las cuerdas que los ataron, ni con los aceros que los degollaron, ni con los perros que los mordieron:” Y ese “estar con”, reparador siquiera sea ideal de la injusticia, pero además efectiva militancia, se convierte en una nueva filiación histórico-telúrica que hace girar totalmente la perspectiva. Quien así habla no es un “colonizado” (un resentido) sino un “autóctono” (un revolucionario que ha empezado por revolucionarse a sí mismo):

¿Qué importa que vengamos de sangre mora y cutis blanco? El espíritu de los hombres flota sobre la tierra en que vivieron, y se le respira. ¡Se viene de padres de Valencia y madres de Canarias, y se siente correr por las venas la sangre enardecida de Tamanaco y Paramaconi, y se ve como propia la que vertieron por las breñas del cerro del Calvario, pecho a pecho con los gonzalos de férrea armadura, los desnudos y heroicos caracas!

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