El Barrio Chino habanero

Por Rafael Lam*
Imagen activaEl Barrio Chino habanero tiene una larga historia tras sí. Es parte de la vida de los capitalinos, en la misma medida en que las migraciones y la cultura de ese país asiático han matizado la idiosincrasia cubana y enriquecido su mestizaje.

Los primeros chinos radicados en La Habana, en 1858, fueron Chang Leng, con una pequeña fonda, y Lam Siu Yi con su puesto de frutas y hortalizas en la actual Calzada de Zanja. Algunos antiguos culíes, mediante sus propios esfuerzos, habían aprendido oficios diversos de servicio a la población.

En aquel tiempo ninguna otra zona del centro capitalino ofrecía mejores condiciones que la llamada Zanja Real, concebida a partir de 1550, por donde llegaba el agua potable a la población, según datos de Baldomero Álvarez Ríos.

En esa zona estaba instalado un paradero de trenes que transportaba pasajeros hasta el Hipódromo de Marianao. Con estas posibilidades el Barrio Chino siguió creciendo y extendiéndose en varias direcciones.

A principios del siglo XX ya residían en 10 manzanas de esta zona unos 10 mil chinos. El área inicial cubría desde Galiano ( antigua Avenida de Italia) hasta Lealtad. Y desde Reina hasta Belascoaín . Si el corazón del Barrio Chino fue la calle Zanja, puede estimarse que Dragones es la más típicamente china donde radicaban y radican la mayor parte de las sociedades.

En el Barrio Chino comenzaron a pulular pequeños establecimientos comerciales desde fondas y lavanderías, reparadores de calzado, relojes y otros oficios. También bodegas para venta de víveres al detalle, venta de aves y pescados secos, farmacias con productos exclusivos importados de la rica y milenaria medicina tradicional china, sederías, tiendas, restoranes, periódicos, programas de radio, teatros para representaciones operísticas asiáticas. Y muchas sociedades de instrucción y recreo, algunas establecidas en las propias casas de los chinos.

En la primera década de los años sesenta del siglo XIX fluyó hacia la isla una oleada de chinos residentes en amplias comarcas del estado de California, en la zona del Pacifico de los Estados Unidos a donde habían llegado durante la llamada “fiebre del oro”. Los móviles de este éxodo fueron disturbios y motines violentos por conflictos laborales, aunque el flujo nunca se detuvo.

“Para completar el cuadro de las ciudades dentro de la ciudad -afirma Alejo Carpentier- hay que decir que el Barrio Chino-, a partir de la época denominada Danza de los Millones, tomó una importancia enorme: se llenó de mercaderes sumamente ricos.

“Ahí se celebraban las fiestas del dragón, y estaba el teatro el Shangai uno de los teatros chinos más extraordinarios de América Latina, comparable únicamente a los de San Francisco. En este barrio se encontraban farmacias con unas medicinas raras, mágicas para el dolor de cabeza. Muchos chinos llegaron a hacerse tan ricos que contrataban las compañías más famosas de Cantón y Shangai y San Francisco”.

La cifra de descendientes de esa etnia que emigraron en esta etapa se calcula en unos 10 mil, muchos de ellos pertenecientes a una generación que disponía de recursos económicos. Llegaron través de México y Nueva Orleans y se instalaron en casas de clientes adinerados, propiedad de tres banqueros: Lam Ton, Youi Shan y Lay Weng.

En marzo de 1870 abrieron el primer establecimiento de venta de artículos importados de Asia en un local en Sol y Villegas en lo que hoy es el centro histórico.

Años mas tarde, en 1874, se inaugura otro comercio de categoría, en el barrio Chino, el Con Sang Tong, en el que se invirtieron 50 mil pesos, cifra respetable en aquellos tiempos. Su propietario trajo con el un recetario más dirigido a los paladares de los cubanos, amantes de salsas, condimentos y especias.

Surgieron así las celebres comidas chinas, principalmente el shop shuey con vegetales y carnes y, finalmente el famosísimo arroz frito, quizás uno de las pocas comidas inventadas en Cuba: arroz que se fríe en un sartén con recortes de carnes ya cocidas, frijolito, cebollino, salsa de soya china. Este plato se acompaña con sus respectivas “maripositas”.

Entonces comenzaron a proliferar fonditas sin mucha pompa, pero de gran autenticidad y aceptación (como fue el caso de La Bodeguita del Medio). Fundaron los chinos el Pullman, La Muralla, Daytona, Cantón, todos ellos hacían competencia fuerte a los mejores menus elaborados en suntuosos restaurantes.

En la Plaza del Vapor se comía una sopa china y un arroz frito muy barato al alcance de todos: en sus inicios, con solamente diez centavos se consumía un arroz frito de primera.

Coronando el Barrio Chino, en la calle Rayo y San Nicolás (en el Cuchillo Chino), se erguía el más famoso de sus restoranes, El Pacífico, fundado por los hermanos Font, en la década de 1920 con cuatro pisos (después en 1940 se le adiciona el quinto).

Este restoran merece capitulo aparte. Es como el templo máximo del Barrio Chino, la Capilla Sextina de la comida asiática: carnes ahumadas, pescados en salsa, palomitas fritas, sopa de crema de maíz, manjúas fritas, cundiamores chinos, aletas de tiburón, cilantro, acelgas y salsa de ostiones.

En una nueva restauración -con las técnicas del prefabricado muy usadas en los centros turísticos- podría rescatarse ese piso quinto, desde donde se contemplaba toda La Habana y, especialmente la entrada de barcos por la bahía. Los ventanales eran inmensos y proporcionaban a los comensales la sensación de estar a bordo de un inmenso barco.

Armando Chang (Cuang Shu King) contaba que en 1943, en la Calzada de Zanja -donde aún radica- la farmacia china ofrecía una variedad de medicinas importadas desde el lejano Oriente: jarabes, antídotos para dolores, fiebre, problemas estomacales, tónico genital, caballito de mar y hasta huevos de tigre.

Para dar el toque mágico estaba el sincretismo religioso de San Fang Kong (Santa Bárbara y Changó), un personaje histórico con rango de general, en el siglo III de nuestra era, decapitado en una emboscada. Se le erigió un templo en el sitio de la tragedia. Entonces comenzó la leyenda que lo fue convirtiendo en santo. Su nombre verdadero era Cuan Kung, pero se fue descomponiendo, en sucesivas mutaciones, hasta devenir San Fang Kong.

Los teatros, la música y la danza china también merecerían capítulo aparte. Todavía se mantienen muchas de las artes chinas, rescatadas cada día. El Barrio Chino vive, se desarrolla, es uno de los sitios mas visitados por los turistas y los cubanos. En su gran momento fue el Barrio Chino más importante de América Latina.

ag/rfl

*Colaborador de Prensa Latina

Tomado de http://www.prensa-latina.cu

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