Carlos Acosta: La expresión más pura de la tradición danzaria cubana

carlosj22.jpg

Miguel Barnet     Fotos: Nancy Reyes

Tomado de www.lajiribilla.cu

Había oído hablar de él. Lo había visto en videos, me llegaban historias dignas de un folletín radial o de selecciones del  Reader´s Digest. Se iba convirtiendo en un mito y cada día mi curiosidad era mayor. Una vez lo escuché en una reunión de amigos. Hablaba de Cuba, del Ballet y de lo que aspiraba a hacer en días sucesivos. Sabía que su vínculo con el país que lo vió nacer era indisoluble, se veía en su rostro, en sus expresiones, hasta en el modo en que me saludó cuando nos presentaron. Un modo algo displicente pero no esquivo, más bien con una seña de picardía cómplice, como diciendo, nos conoceremos mejor algún día y seremos amigos. Luego pasó el tiempo, se abrieron las puertas de lo real, nos encontramos en La Habana y se selló nuestra amistad con un signo indeleble y paternal. El mito se hizo corpóreo y heme aquí colocando estas palabras en el pórtico de su carrera profesional.

royal43.jpgDecir que lo admiro es hacerme eco de la admiración que muchos en este planeta le profesan. Ante todo porque es un artista excepcional surgido de la periferia habanera por impulso paterno y formado en las escuelas de ballet de Cuba. Bueno, un artista excepcional es un modo convencional de definirlo. En Espartaco es un tigre virtuoso que se devora los escenarios en posesión absoluta del movimiento, como expresión creadora de la imagen. A veces lo veo en el espacio físico de las tablas como un arco, o un fleje, otras veces como un albatros. Es el príncipe Sigfrido y el mendigo, cualquier cosa en la escena menos un simple hombre de carne y hueso. Su poder es tal que aún en los papeles más mundanos expresa la vivacidad de la vida como una posibilidad de ascensión y metamorfosis. En Les Bourgeois es desenfadado y terrenal, fuera de sí y pleno de sí como en un permanente salto mortal. Y solo en ese salto es él mismo, y en el peligro alcanza la plenitud de su ser y nos conquista a la vez elevándonos a esa dimensión donde lo real no se explica sino en lo irreal.

carlosj4.jpgarlos Acosta es la expresión más pura de la tradición danzaria cubana, del pueblo que baila en las fiestas del holgorio familiar, en las saturnalias de barrio y en los carnavales, pero también es el resultado de las escuelas de danza y muy en particular del Ballet Nacional de Cuba creado por Alicia y Fernando Alonso. Una escuela con un estilo propio que encabeza Ramona de Saa, maestra y tutora de Carlos, su segunda madre como él mismo ha dicho siempre.

Carlos Acosta escapa de toda posible definición categórica. Su energía trasciende lo erótico para consumarse en una estética de la totalidad. Es antiguo y moderno, cifra de un ser temporal que proyecta una intemporalidad ideal. La danza no es otra cosa que lenguaje en movimiento, poesía del gesto, claves secretas que ha sabido interpretar nuestro artista desde su esencia misma.

Compacto, viril, casi ceñido a sí mismo pero a la vez libre, movido por un ritmo interior semejante al que rige el cosmos, Carlos Acosta,  en una operación mágica de profesionalismo, se ha situado en el centro del movimiento danzario contemporáneo y es hoy uno de los más codiciados bailarines de compañías como el Bolshoi de Moscú, el  Royal Ballet de Londres o la Ópera de París.

Con el aire de un adolescente díscolo y la gracia natural de un gnomo silvestre, Carlos se ha erguido como pilar de un hecho insólito, solo posible gracias a la base de formación artística que la Revolución cubana creó desde 1959. Un joven negro de Los Pinos, barriada humilde de la capital de la Isla que obtiene premios internacionales, destinados en otras épocas a hijos de las clases pudientes con acceso a escuelas elitistas de ballet. Esa es la verdad en mayúsculas. Él es ejemplo del inmenso tesoro de una vida que no se malogró, de un joven que no se descarrió, sino por el contrario que consumó la realización idílica de un sueño.

Su afiebrada y todavía muy joven carrera artística se muestra con destellos que nos harán despertar de un letargo, nos tomarán de sorpresa y nos arrancarán emociones con las que no contábamos ya. La voluntad inmarcesible apoyada en la técnica, el desafío diario frente a cualquier obstáculo, la devoción por su carrera y por su país; todo esto fluye de manera espontánea en Carlos Acosta.

Ojalá el público experimente hoy las sensaciones que yo he experimentado viendo bailar a Carlos. Podrá comprobar entonces que los milagros no son solo atributos de los dioses y que el corazón es algo más que una masa de carne en medio del pecho.

Anuncios
Both comments and trackbacks are currently closed.
A %d blogueros les gusta esto: