Palabras en la peregrinación a la sepultura de José Lezama Lima

 Por Virgilio López Lemus

El 4 de noviembre de 1910, Rosa Lima de Lezama andaba por su octavo mes de gestación. Seguramente sus familiares y amigos lucubraban con alegría sobre el sexo del que iba a nacer, bella incógnita que por entonces solo se develaría en el acto del nacimiento.

El que iba a nacer había sido escoltado por el Cometa Halley, y en el vientre materno debe de haber recibido la noticia de la coronación en el Centro Gallego de La Habana del poeta andaluz Salvador Rueda. Seguramente que mientras flotaba en el líquido amniótico, el Destino, o el Ángel de la Jiribilla, o ambos, prefigurarían toda su existencia, le reservaban un tratado en versos sobre Narciso, sonreirían con el potens lírico del Paradiso y le tocarían con la varita mágica de la inmortalidad.

peregrinacion1.jpgHoy, cien años después, nos reunimos ante su sencillo sepulcro un grupo de admiradores, devotos, estudiosos y lectores gozosos de la vasta obra que José Lezama Lima nos legó como un regalo barroco. Aquí, bajo mármoles que también el medio ambiente corroe, reposan los restos de uno de los más brillantes hombres que la nación cubana haya legado a nuestra especie. El que iba a nacer se convirtió en un príncipe de las letras, en un maestro que nos da lección incluso desde la humildad de su sepultura.

Lezama nos decía que a la especie humana solo le es dado dejar como memoria un trazado con la uña sobre una roca. Somos nubes que pasan sobre el mármol, aliento efímero, Nada iluminada. Pero pocas veces Cuba se ha elevado tanto en la figura de uno de sus hijos.

Menos efímeras que las flores que hoy dejamos sobre esta tumba irradiante, colocamos también una roca de mármol labrado, obra del arte y la buena voluntad del escultor Guillermo Estrada Viera, quien cumple con la belleza de dejar bien en claro que aquí yace José Lezama Lima, orgullo de la nación cubana y de la lengua española. Agradecemos a Guillermo la dedicación y el amor que puso en trabajar para el homenaje a Lezama. Y agradecemos también al Instituto de Literatura y Lingüística y a la lezamiana Casa Museo, por este instante de humilde recogimiento.

El maestro que decía en versos “Sóplame, / conviérteme en una hoja”, se recuerda por medio de una frase suya plena de vida: “ …nacer aquí es una fiesta innombrable”, y desde ahora por otra meditación llena de resonancias, casi resumen de su propia existencia: “No he oficiado nunca en los altares del odio, he creído siempre que Dios, lo bello y el amanecer pueden unir a los hombres. Por eso trabajé en mi patria, por eso hice poesía”.

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Quién sabe si este 4 de noviembre de 2010 le está naciendo a Cuba otro grandísimo poeta, pues esta es tierra enaltecida por la poesía. Cien años después del nacimiento de José Lezama Lima, proclamamos que hemos vivido en la “era Lezama”, que es también la de la Revolución Cubana. Al depositar una flor sobre este sepulcro, pidamos que el apasionado Ángel de la Jiribilla nos bendiga, que no nos permita oficiar jamás en los altares del odio, y que Dios, lo bello, el amanecer y Lezama siempre nos unan.

Muchas gracias.

Cementerio de Colón
La Habana, 4 de noviembre de 2010.

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