Alicia Alonso: “Casi pesan igual en este mundo lo humano y lo inhumano”

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«El ballet es un ejercicio muy fuerte. El bailarín es…, vamos a decir para que lo entiendan todos, un atleta de alto, alto, súper alto rendimiento, con arte. Ambas cosas. No puede ser uno sin lo otro, tiene que haber las dos cosas, con el mismo valor: un físico balanceado, una estética, sentido de línea bella y al mismo tiempo, un fenómeno de rompe récord. El bailarín cada vez que baila está rompiendo récord, así que tiene que vivir perennemente en entrenamiento. Los atletas se preparan cuando vienen las competencias, aunque siempre se tienen que estar preparando. Yo pienso que los grandes deportistas nunca dejan de exigirse más, porque los grandes bailarines siempre tienen que exigirse más. Descanse o no descanse se exigen más. Por ejemplo, en el caso mío, yo nunca estaba conforme. Me estudiaba, miraba mi baile con una lupa, iba dedo por dedo, pie, movimiento, tobillo, todo. Hasta que entonces ya bailaba, me olvidaba de todo eso y bailaba. Y como me gustaba bailar. Como lo gozaba… »

Cuando habla de danza, a Alicia Alonso le es indiferente el mundo, porque en ese instante no divisa otro horizonte ni sentimiento que el de vivir a través del arte. La prima ballerina assoluta aún baila en cada función del Ballet Nacional de Cuba (BNC), la compañía que dirige. Muchos lo creen en verdad y ella lo reafirma en cada entrevista: seguirá bailando mientras sus bailarines dancen.
Maestra de generaciones, Alicia es para la cultura cubana no solo la figura cimera de una manifestación artística, sino su artista más universal.
Cuando rememora 90 años de una vida tan intensa, no puede obviar entre los hechos que comenzaron a moldearla como bailarina sus primeros encuentros con la danza.
«Lo primero que aprendí fueron los bailes españoles. A mí me encantan las castañuelas, todos los tipos de bailes: la jota, el fandanguillo. Tenía ocho años cuando regresé a Cuba, se había abierto la academia de ballet de la Sociedad Pro Arte Musical y salí corriendo para allá. Mi madre me puso y entré a mi primera clase de ballet. Eso me marcó, porque a pesar de que no entendía nada de los ejercicios, el hecho de enfrentarme a ellos, y aprender a hacer tondieu, demiplie, todos esos pasos que me explicaban, hasta me cogían las piernas y me las movían, fue maravilloso. Después de aquella primera clase, yo salí corriendo y le dije a mi mamá: ‘Mamá, esto es lo que más me gusta en el mundo’».
El hecho la marcó, asevera, porque ha sido lo que más le ha gustado en la vida. Para ella recibir una clase de ballet era más importante que ir a una fiesta o un cine o cualquier otra cosa en el mundo.

«Y lo siguió siendo toda la vida. Si yo no daba una clase de ballet me parecía que no podía en todo el día. Era más importante que comer, ya con eso lo digo todo, a esa edad, fíjese si me marcó y me ha marcado hasta ahora. Ha sido mi vida, y no me arrepiento, porque ha sido lo mejor que he podido dar a los otros seres humanos, a la cultura de mi país y a la cultura del mundo».
La primera compañía profesional en la que danzó fue el Ballet Theatre, de Nueva York. Allí, ella y su esposo en aquel entonces, Fernando Alonso, recibieron una formación profesional y participaron en los estrenos de varias de las piezas de Jerome Robbins, Anthony Tudor y George Balanchine, entre otros grandes creadores.
«En el Ballet Theatre, que después con los años se llamó American Ballet Theatre (ABT), estuve 20 años, pero siempre viajaba a Cuba en las vacaciones para trabajar con los muchachos de la escuela. En el American yo me hice bailarina, allí me desarrollé como artista, y llegué a ser primera figura. Fue muy emocionante cuando bailé Giselle por primera vez, ese ballet que yo adoro. A mí me gustaba bailarlos todos; porque cada clásico tiene un valor artístico grande, son obras maestras, y hay que bailarlos bien, con el estilo, el respeto con el que los hicieron, pues eso los ha hecho perdurar durante siglos de siglos de siglos en la historia, y durarán ».
Uno de los momentos más tensos durante su juventud resultó la permanencia en reposo durante un año completo, tras una operación para corregir problemas de la visión.

Durante ese tiempo, repasó Giselle en la mente y sobre la cama con los dedos de las manos. Poco después, tras su debut en el personaje, el 2 de noviembre de 1943, en el Metropolitan Opera House, de Nueva York, un afamado coleccionista estadounidense le arrebató las zapatillas de los pies y solo en ese momento Alicia se percató de que tenía los dedos llenos de sangre. Había bailado como un auténtico espíritu, absorta del mundo y las penurias terrenales.
«Giselle me toca mucho, porque a mí me gusta la actuación. El primer acto de ese ballet requiere una actuación muy fuerte donde ella se vuelve loca. Pero tiene que interpretar una locura no moderna. Yo me puse a estudiar el Romanticismo y dentro de él los poemas, los cuentos, las novelas, leyendo me metí en la época y en el estilo. Y me he dado cuenta de que su locura era diferente a la que veíamos en este tiempo. Más adelante yo creé un ballet que se llamó Lidia, sobre una mujer que se volvía loca, pero ya esa locura era diferente. Y además en Estados Unidos interpreté La leyenda de Fall river, de la coreógrafa norteamericana Agnes de Mille, en la cual la protagonista se vuelve loca al final, mata a su padre y a su madrastra, con un hacha, un drama terrible, muy fuerte, que sí retrata a una loca moderna ».
De la misma creadora estadounidense se montan algunas obras dentro del BNC que estrenarán en Cuba en las Galas del XXII Festival Internacional de Ballet de La Habana, dedicado a celebrar el 90 cumpleaños de Alicia.
«Vamos a ver en el Festival de La Habana, que empieza el 28 de octubre y se clausura el 7 de noviembre, dos ballets de Agnes de Mille: Tres vírgenes y un diablo, que es muy simpático,  y A rose for Miss Emily, que es muy muy dramático. Tan diferentes uno al otro, que demuestran la creatividad de la coreógrafa ».

La oportunidad de haber podido ver bailar a Alicia es algo que cualquier persona atesora. Especialmente si la disfrutó en Giselle, en Carmen o en Odette-Odile, protagonistas de El lago de los cisnes. Eso constituye una especie de orgullo para el más mínimo espectador y leyendas sobre sus actuaciones se tejen por cientos aún, pasan de generación a generación de admiradores.

Según el crítico cubano Alejo Carpentier, en 1954, cuando Alicia bailó en Caracas el pas de deux del tercer acto de El lago de los cisnes, conocido popularmente como el Cisne Negro, el público la aclamó tanto que tuvo que repetir la coda o final.
«Yo no resisto repetir, porque me parece que hay que dejar al público con la primera impresión. Es más lindo el primer impacto, deja un recuerdo eterno, y para eso es para lo que estamos los artistas, para darles algo bello a las personas. Hacerles ver que hay un futuro constructivo, de belleza humana, porque a veces nos perdemos un poco de que somos humanos. En estos momentos por ejemplo estamos en una balanza donde casi que pesan igual lo humano y lo inhumano. Es terrible ».
La forma en que el cubano asume el baile clásico quedó bien definida en las bases metodológicas que el Maestro Fernando Alonso registró, con Alicia como modelo, cuando organizaban la escuela cubana de ballet. Para ambos fundadores resulta natural que el carácter de su pueblo se tejiera espontáneamente con la manifestación que habían elegido. Hoy Alicia se enorgullece del potencial de las nuevas generaciones.
«A las pruebas de la escuela se presentan muchachos con talento. Es un fenómeno mundial que en Cuba se presenten tantos varones con talento para bailar ballet como mujeres. Eso cada vez que yo lo digo en el extranjero causa asombro. Aquí tanto el hombre como la mujer tienen facilidad para la danza, tienen un oído estupendo y pienso que por el ambiente, el clima, nuestra cultura, el baile es algo natural para nosotros. Y para el ballet este clima es maravilloso, aunque todo el mundo se queja de calor, nos hace más elásticas las piernas, el cuerpo lo podemos doblar con mayor facilidad, nos ayuda en el movimiento ».
Por su extraordinaria dedicación al ejercicio, Alicia se mantuvo bailando hasta los años 90 del pasado siglo, cuando ya sus posibilidades físicas habían menguado.

La disciplina física de Alicia fue una constante como lo revela el hecho de que en las grabaciones de Giselle, Carmen, el cisne blanco y el negro y Cascanueces, entre otros, en las cuales se aprecia una técnica perfecta adosada a una interpretación de gran versatilidad, se filmaron cuando sobrepasaba cuarenta años de edad.
«El ballet es un ejercicio muy fuerte. El bailarín es…, vamos a decir para que lo entiendan todos, un atleta de alto, alto, súper alto rendimiento, con arte. Ambas cosas. No puede ser uno sin lo otro, tiene que haber las dos cosas, con el mismo valor: un físico balanceado, una estética, sentido de línea bella y al mismo tiempo, un fenómeno de rompe récord. El bailarín cada vez que baila está rompiendo récord, así que tiene que vivir perennemente en entrenamiento. Los atletas se preparan cuando vienen las competencias, aunque siempre se tienen que estar preparando. Yo pienso que los grandes deportistas nunca dejan de exigirse más, porque los grandes bailarines siempre tienen que exigirse más. Descanse o no descanse se exigen más. Por ejemplo, en el caso mío, yo nunca estaba conforme. Me estudiaba, miraba mi baile con una lupa, iba dedo por dedo, pie, movimiento, tobillo, todo. Hasta que entonces ya bailaba, me olvidaba de todo eso y bailaba. Y como me gustaba bailar. Como lo gozaba… »
Imposible ignorar la hostilidad del tiempo. La Alonso es implacable consigo misma. Recordar la hace transmutarse en una niña. Le gusta informarse del acontecer mundial cada mañana, pero le motiva más que nada su universo: el arte. Allí se encuentra a sí misma y deja lo mejor de su legado.
«El arte es muy puro, muy bueno, muy limpio. Y es para la humanidad. Para mí las artes en general son lo más bello que puede producir el ser humano para que la humanidad se siente a gozarlo, y pensar que hay mucha vida por delante, que hay mucha belleza por delante, que no existe la guerra. Eso es maravilloso, y es lo que yo trato siempre de hacerle ver a los bailarines».

(Tomado de www.cubadebate.cu)

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