Saber definir

 Por Osvaldo Rojas Garay

Como nunca antes, durante el transcurso de la semana el equipo de Villa Clara, subcampeón nacional, continuó recibiendo el homenaje de los municipios de la provincia, que reconocen el esfuerzo de una selección que mostró el juego más estable del certamen recién finalizado.
Es una magnífica iniciativa, pues saben ustedes lo que significa conservar la segunda posición en una pelota tan fuerte. Ahora bien, me pregunto si después del reconocimiento vendrá en algún momento un análisis profundo de lo que le ha estado sucediendo al conjunto en las discusiones finales del título.
Porque si el pasado año fue prácticamente una hazaña haber llegado a la discusión de la corona, en esta oportunidad el equipo «olía a campeón», como me dijo el ex director de la selección nacional, Jorge Fuentes, previo al comienzo del segundo partido del play off final.
Este subtítulo no es para dejarnos satisfechos. Y me remito a las declaraciones que antes del comienzo de la postemporada hizo a nuestro periódico el mentor, Eduardo Martín: «Solo nos sentiremos satisfechos si ganamos el campeonato.»
Después de dominar la zona oriental y dejar en el camino al poderoso Santiago de Cuba y al balanceado Ciego de Ávila, Villa Clara volvió a fallar en el examen final.
Es una asignatura que han arrastrado en estos 15 años: seis discusiones del cetro perdidas, y balance adverso de seis victorias y 24 fracasos, muestran de alguna manera lo inefectivos que han sido nuestros peloteros a la hora de definir el campeón.
Quizá aquí esté la explicación de por qué el equipo que más ganó durante la década (2001-2010) en la fase clasificatoria, el que más medallas alcanzó (0-4-2) y el único que estuvo siempre entre los cinco primeros, despide el decenio sin un título en las vitrinas, a pesar de haber asistido a cuatro finales.
Observen en el cuadro anterior cómo Industriales es, de los cuatro históricos, el que menos triunfos obtuvo en la clasificatoria. Después presenta balance casi parejo (20-19) en cuartos de finales, pero a partir de semifinales (20-8) se transforma y llega a ser, junto a Santiago de Cuba, el de mejores resultados en las finalísimas realizadas en los diez años recientes.
Azules y Avispas se impusieron en cuatro de las cinco finales que disputaron en el período. Sencillamente, son muy efectivos en las controversias por el gallardete.
Eso nos ha faltado. La Serie que concluyó hace una semana es un buen ejemplo. Los villaclareños abrieron arriba con dos sonrisas, permitieron la igualada en el «Latinoamericano», pero se recuperaron en el quinto choque y retornaron a sus predios —donde no habían perdido en toda la postemporada— a buscar una victoria.
El campeonato debió teñirse de naranja en el sexto partido; pero increíblemente perdieron todas las ventajas que tenían: la psicológica, el jugar en su terreno y la diferencia de cuatro carreras con un Robelio Carrillo que apenas había tolerado un infield hit de Rudy Reyes.
Un mal corrido de bases y dos fallas a la defensa, que costaron tres carreras en el cuarto inning, despertaron a un león que parecía domesticado. A partir de ahí el campeonato comenzó a tomar un color azul irreversible.
Recordé entonces la marfilada del primer desafío del play off frente a los Vaqueros de La Habana, que empezó a sellar el destino de los anaranjados el pasado año.
Porque esta fue otra de las cosas determinantes en el descalabro del equipo. Una defensa que falló solo una vez en los seis encuentros con Santiago de Cuba, perdió su hermetismo frente a los capitalinos, al extremo de cometer diez errores, sin contar imprecisiones y pifias mentales.

En el partido decisivo no pudieron mantener la ventaja mínima, y después del tremendo estacazo de Yandris Canto con dos a bordo, que empató el desafío a cinco en el octavo, tampoco llegó el batazo decisivo en el final del noveno, cuando Joan Socarrás le sirvió ponche a Dian Toscano con un par de corredores en circulación.
«Los Azucareros no hubieran perdido ese juego», me comentó al salir del estadio Sandino un ilustre integrante de aquella combativa selección que un día como ayer, pero de 1972, conquistó su tercer banderín nacional, al derrotar a Mineros en un cerrado play off.
Particularmente, este descalabro anaranjado me supo a «Maracanazo». Como Brasil en su majestuoso estadio construido para la conquista de lo que debió ser su primer título mundial de fútbol, nos quedamos vestidos para la fiesta.
Y este «Sandinazo» es otra de las lecciones de la derrota. Tal vez la ansiedad de una prolongada espera de 15 años y las posibilidades reales de alzarse con el trofeo terminaron por hacernos creer que el título estaba seguro. Mas, los juegos se ganan sobre el terreno.
Quizá debió pensarse en alojar a los Industriales en el «Santa Clara Libre» y a los villaclareños en el «Hanabanilla», lejos del ambiente festivo que genera un acontecimiento como este, en el que la corona coqueteó con nosotros, pero nos dio una vez más la espalda.
Lo siento, porque estos Industriales que se pasean victoriosos por la capital, virtudes y valores aparte, hacen olvidar con su triunfo uno de los escándalos más sonados de nuestras series nacionales.
También porque no es justo que tengan la posibilidad adicional de desangrar a unos Metropolitanos que les cedieron para la presente temporada varios de los jugadores que al final resultaron importantes en la obtención del gallardete: desde Stayler Hernández, Yohandri Portal e Irait Chirino, hasta el mismísimo Joan Socarrás.
¿Consecuencia?, al igual que en el 2006, los Leones rugen en el corazón de la capital, mientras los cachorritos de Metropolitanos duermen incómodos en el último peldaño del torneo.
Pero en fin, a rey muerto, león puesto. Los play off son una novela diferente a la clasificatoria, y los Industriales interpretaron mejor el capítulo final. Aprendamos la lección.

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