Vindicación del Periodismo

Por Yandrey Lay Fabregat 

Aunque uno intente minimizar los riesgos
el nuestro es un trabajo que nunca se
puede llevar a cabo con total seguridad.
Ernie Pyle, Carta de 1945.

La aventura hace del periodismo una ocupación hermosa. Comparte, por ejemplo, bondades de otras profesiones: la astucia del psicólogo, el tesón del detective, la emoción tranquila del artista. También la certidumbre de que tus palabras se escuchan más allá de lo que permite la anatomía física.
Sin embargo, decenas de periodistas mueren cada año por bala o explosivo, muchos sufren tortura, otros enmudecen para siempre. Hace poco se encontró el cadáver del reportero mexicano Rodolfo Rincón. Cayó secuestrado en el 2007 por miembros del cártel de los Zetas, perteneciente al narcotráfico de Tabasco.
La tragedia se repite cada día en diferentes escenarios de América. Gabriel García Márquez escribió Noticia de un secuestro inspirado en una historia similar. En el caso de Rincón los mafiosos quemaron su cuerpo con ácido, lo quemaron y escondieron para que sirviera de advertencia.
El periodista es siempre el anillo más débil de la cadena. Lino Novás Calvo, escritor cubano de origen gallego, se salvó por un pelo de ser fusilado durante la República Española. Trascurría el II Congreso Internacional de Escritores y alguien lo acusó de traicionar a sus compañeros. Lino, oficial de enlace en el Quinto Regimiento, guardó prisión hasta que se comprobó su inocencia. 
Sólo en el 2009 murieron 132 periodistas. La inmensa mayoría falleció mientras investigaba delitos de corrupción o criminalidad. El año que recién concluye superó al 2008 en cifras de muertos, pero se quedó por debajo del 2007 y 2006.
«Es el precio que pagamos por nuestras noticias», declaró al respecto Rondey Pinder, director del Instituto Internacional para la Seguridad de la Prensa (INSI). Según él, los profesionales del sector mueren «porque se atreven a iluminar las esquinas más oscuras de las sociedades».
Ni siquiera los famosos se libran de la pesadilla. Robert Capa, el más grande foto-reportero de la historia, cayó destrozado por una mina en el camino de Thai Binh. Corría 1954 y Capa decidió cubrir la guerra franco-vietnamita como última misión en su carrera.
La isla de IeShima, en Okinawa, vio morir a otro de los héroes de la profesión. Se llamaba Ernie Pyle y ganó un Pulitzer por sus trabajos sobre la II Guerra Mundial. Se dijo de él que era el escritor más leído en Norteamérica. Persistió bajo las balas porque soñaba con ver el fin de un conflicto que mató a tantos amigos suyos. El 18 de abril de 1945 un francotirador japonés le impidió cumplir sus deseos.
El periodista es, junto al revolucionario, el profesional más amenazado del mundo. Muchos, entre ellos mis colegas, comparten ambos riesgos. A Rodolfo Walsh, autor de Operación Masacre, le asesinaron una hija durante la dictadura de Jorge Rafael Videla en Argentina. Las pérdidas lo llevaron a crear la Agencia Clandestina de Noticias (ANCLA), al igual que antes había colaborado en la fundación de Prensa Latina.
Con la pluma y la vergüenza siguió combatiendo a los sicarios. El 24 de marzo de 1977, cuando se cumplía el primer año del golpe de estado, escribió una carta abierta a la Junta Militar. Al día siguiente lo mataron en las calles de Buenos Aires. Uno de los párrafos del mensaje decía: «… lo que ustedes llaman aciertos son errores, los que reconocen como errores son crímenes y lo que omiten son calamidades.»

 El periodista cubano enfrenta retos menos crueles, pero mucho más difíciles. Gasta horas y horas delante de un teléfono, tratando de localizar al directivo que no aparece. Con frecuencia tiene que hacer sus gestiones a pie.
Su esfuerzo se extiende mucho después de la jornada laboral. Si tiene computadora, pasa la noche entera frente al teclado tratando de entregar el trabajo a tiempo. Muchos padecen de insomnio. Otros despiertan en medio de la noche pensando en los errores que pudieron haber cometido.
El periodismo es también una profesión de estrés. «El médico entierra sus pifias, el abogado las encierra y el periodista las publica», reza un viejo proverbio entre colegas. Uno sabe que no puede equivocarse. Cualquier pequeño error acaba con el crédito del comunicador y la confianza de las fuentes.
A todo esto, el periodista cobra un salario ínfimo, sin divisa o recompensa en especie. No puede aceptar dádivas de nadie, a riesgo de perder la moral y el poder de crítica. A veces tiene que enfrentar el rechazo público.
Las personas piensan en el periodista como en un mago capaz de resolver los inconvenientes con un golpe de la varita mágica. Todo el mundo quiere ver reflejados los problemas que le afectan, quiere ver nombres de culpables y castigos ejemplarizantes.
Nada sucede de esa manera. El periodista debe mostrar excesivo cuidado al hacer un señalamiento para no herir los sentimientos de los afectados. Incluso, se le enseña a balancear las partes de su discurso, para que nadie pueda acusarlo de una parcialización injusta.
Uno debe disculpar al periodista si emplea artimañas no muy claras a la hora de obtener información. Casi siempre lo hace de buena fe. La práctica del periodismo revela que la única regla fija es que no existen reglas fijas.
Sin embargo, nunca he conocido a un profesional que abandone el oficio. Todos piensan que vale la pena correr el riesgo. Usted siente que toda la amargura se reduce a nada el día que un amigo o quizás el más completo extraño voltea para decirle: «Periodista, vi el trabajo que sacó esta mañana y sabe qué, me gustó.»

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