Ya somos la gran sorpresa que nadie imaginaba

Por Rayma Elena 

villa-clara-4.jpgDespués de que los Azules se fueron en blanco, parecía que ya no habría sorpresas mayores en la Serie Nacional. Aun posibles resistencias  de Occidente, ahí estaban los santiagueros para demostrar por qué la pelota salía —como el sol— por el Oriente cubano.
¡Pero que a los indómitos se les haría de noche antes de tiempo!…, era como imaginarse un carnaval sin conga. Mas así fue, y salieron arrollados, y no arrollando Trocha arriba y Trocha abajo como en las últimas dos campañas anteriores.
Ni azul ni rojo; pero todavía la cosa pintaba rojo y azul, que —no sé por qué— es la piel que llevan los Tigres avileños. Y mire que en este campeonato (ya sin leones y no se conoce por cuánto tiempo), tenían la melena del rey de la selva.
Entonces, la posibilidad de que la piña no reinara ni en su zona y que cediera su corona a la naranja, tampoco estaba en las cartas ni en las bolas de cristal ni en los más estadísticos y científicos pronósticos, aun cuando el jugo villaclareño había corroído los aguijones de las Avispas santiagueras.
Lo cierto es que, de pronto, el Oriente comenzó a pintarse de anaranjado, aunque más al centro. Y aquí ya no hay otro color: anaranjado un parque en Santa Clara; anaranjadas las gorras de todas las empleadas de la tienda de la capital provincial frente al parque Las Arcadas.
A pesar de la «pez rubia» de harina de pan, anaranjados los estibadores placeteños, que el jueves se echaban una rastra de pesados sacos sobre sus hombros, mientras en un radio escuchaban cómo el «Villa Clara» le imponía una carga pesada, ¡pesadísima! a los avileños: tener que ganar los cuatro juegos que le restaban al play off entre ambos.
Anaranjado el «Sandino», con villaclareños de todas partes que han desafiado lo «negro» del transporte, para, mordida a mordida, irnos comiendo la piña; fruta prohibida hasta que vimos que, contra todo pronóstico, y al menos, «beisboleramente» hablando, no se vendía tan cara como prometían los numeritos de la campaña regular.
¡Que la final podría tener una mitad naranja! Creo que a la mayoría nos poncharon en la prueba de los pronósticos. ¡Quién se iba a arriesgar a tanto! Ni aun cuando estuvimos a todo tren; con menos razón, en los últimos juegos clasificatorios antes de irnos al descanso obligado por el II Clásico Mundial, y ni pensarlo cuando, a la vuelta, la clasificación le debía un «¡Gracias!» enorme a lo que habíamos hecho antes del receso…
Pero tanto lo repetimos durante 90 juegos cada año: la pelota —como la naranja— es redonda y viene en caja cuadrada. Aunque, claro está, no todo depende del enigma de la esfera, sino de la forma en que llegan los equipos y cómo enfrentan una etapa que en nada se parece a la larga y maratónica carrera clasificatoria.
Los nuestros, con hombres de menos, y como algunos dicen, sin tantos conocidos y reconocidos, sin grandes promedios ni cuerpazos, han demostrado tener un nombre: VILLA CLARA.
De escribirlo con mayúsculas se han encargado los más consagrados, como el Remolcador Borrero y el reaparecido Pestano. Leonys, ya con un Clásico Mundial, o Aledmis con su clásico jonrón en el tercer juego; La Rosa, guardián del home y ajustado al bate; Lunar, que bota bolas y, a lo Víctor Mesa, convierte en out un cuadrangular. Un Andy Zamora siempre peligroso… Yeniet, Yuniet. Y el brazo de Yosvani, Freddy Asiel, Alaín, Siverio, Yasmani…; el Machete de Ulacia.
Hasta los asombrados comentaristas nacionales les han llamado la Naranja Mecánica, en criolla traslación de aquel calificativo merecido por el equipo mundialista holandés de fútbol de 1974…, que parecía una perfecta maquinaria sobre el terreno.
A nuestra selección, a la que prefiero seguir llamando la Explosión Naranja, todavía le queda terreno por recorrer, batazos por dar, contrarios que ponchar… Todavía…, y veremos si Vaqueros habaneros por enlazar, o Tabacos pinareños por apagar…
Ya somos la gran sorpresa que nadie imaginaba, y que comenzó a ser cuando el «Rucu Rucu» apagó a la conga santiaguera.
Anaranjados seguimos: los aficionados, las calles, la bandera que Misifú, el cargabate, pasa «mágicamente», una y otra vez, por la grama del «Sandino». Anaranjados, como extensión de esa unidad, cohesión, garra y explosividad deportiva que nos llega desde el terreno.
Y pese a que la pelota es redonda y tendrá que seguir rodando…, hay razones suficientes para darles las gracias a Martín Saura y sus muchachos, por habernos reactivado a los villaclareños ese necesario orgullo de pertenecer.

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