El último maquillaje

 Por Rolando Pérez Betancourt

soldado1.jpgEl Rambo de Stallone, en los tiempos de Reagan, puso de moda la ropa militar y hasta las pasarelas más selectas le abrieron un espacio a la tela de camuflaje, exhibida alegremente por muchachas de largas piernas y miradas al borde del soponcio. 

No faltó entonces, bajo el destello de las luces, el maquillaje de variantes verdosas yendo hacia lo fuliginoso. Un viejo arte, el de camuflarse el rostro, que es más antiguo en menesteres bélicos de lo que algunos pudieran pensar y que ahora se tecnifica con costosos experimentos encaminados a disimular el cuerpo, antes de darle una palmadita en la espalda y enviarlo a la guerra. 

Técnicas novedosas, arte del maquillaje y gastos incalculables amasándose bajo la égida del denominado “sector de la defensa”. 

Atrás quedaron los días en que un poco de grasa aplicada sobre los pómulos hacía más difícil la localización del objetivo por parte del enemigo. La cosmética se ha pasado también al campo de la guerra con productos que constituyen el último grito de la moda y que buscan convertir en invisibles a los soldados, como el desarrollado por la empresa Ceno Technologies, de Nueva York, cuyos maquillajes echan por tierra la efectividad de los equipos de visión nocturna… y además, no impiden la transpiración, lo que sería dañino en un futuro para la lozanía epidérmica. 

Encarnizada y multimillonaria resulta la competencia que sostienen empresas privadas, laboratorios universitarios y entidades de diferentes gobiernos por perfeccionar las tecnologías del camuflaje a disposición de la guerra. El análisis en videos de los píxel, esas superficies homogéneas más pequeñas de las que conforman una imagen, fue decisivo ––según un reportaje de la revista The Economist–– para que los científicos diseñaran los últimos trajes de camuflajes. 

Así pues, lo “último de lo último” no son ya las manchas difuminadas en la tela, sino los pequeños cuadrados, similares a los píxeles de un fotograma de baja resolución ampliada. Los científicos llegaron a la determinación de que es lo más difícil de detectar, después de un experimento con dispositivos que permitieron seguir el iris de un individuo y analizar cómo respondía a diferentes estímulos. 

Tales uniformes lo llevan tropas de los Estados Unidos, Alemania, Gran Bretaña, Canadá y Francia, pero todavía superior a ese “último de lo último” lo constituye un reciente experimento probándose ya en Afganistán y que consiste en delgadas mantas de plásticos, que luego de recibir información de pequeñas cámaras, transforman el diseño y el color según el lugar donde se encuentre el objetivo. De esa manera ––aseguran los vendedores del producto–– un vehículo blindado colocado delante de una loma se difuminará con la loma. 

Filmes y programa de informática han sido decisivos a la hora de desarrollar estos y otros experimentos con la US Army Research Laboratory a la cabeza, bajo presupuestos tan altos que ni ellos mismo dan cuenta de ellos, porque se trata de una carrera del nunca acabar: mientras una parte inventa la forma de ocultarse, la otra parte trata de encontrar la manera de detectar al escondido. 

Todo lo cual, a pesar de los siglos transcurridos, pudiera remitirnos a aquellas legiones del imperio romano con soldados tan técnicamente superiores, apertrechados con “lo último de lo último”, incluyendo el temple de sus espadas, la resistencia de sus cascos y también el feroz maquillaje tratando de ocultar los signos de una decadencia.

(Fuente: Granma)

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