Los mismos gestos, las mismas palabras

bush_mccain1.jpgCuando el próximo enero George W. Bush abandone la Casa Blanca llevará de seguro sobre sí, entre tantos récords negativos, el de haber fracasado estrepitosamente en su afán de doblegar a Cuba para convertirla en un apéndice neocolonial.

Al menos habrá que concederle el mérito de la tozudez. Como quien tira los últimos

cartuchazos, el mandatario regresó a Miami, una vez más, el pasado 10 de octubre, para sentir el calor de la mafia anticubana y renovar su gastado, delirante e imposible sueño.  

Primero convocó a un grupo de empresarios reunidos en una elegante residencia de Coral Gables, con la mira puesta en engrosar los fondos de sus conmílites republicanos de la Florida, en aprietos algunos de ellos para repetir sus escaños congresionales. El cónclave fue a puertas cerradas, como para que el presidente pudiera poner a resguardo su deteriorada imagen política, con apenas un 25% de aprobación popular de su gestión, según una encuesta divulgada ese mismo día. 

Luego vino el convite de “los amigos cubanos de mi hermanito” Jeb. No estaban los Díaz-Balart ni la Ros Lehtinen —los primeros a la cabeza de los candidatos al Congreso que corren el muy serio peligro de ser desbancados; y la segunda seriamente cuestionada por su oponente demócrata Annette Tadeo por “dedicar todo su tiempo a Cuba y respaldar límites y restricciones a los viajes familiares y envíos de dinero a la isla”—, pero sí otros de sus personajes favoritos, como los vociferantes Sylvia Iriondo y Armando Pérez Roura y el inefable Mauricio Claver, promotor del negocio llamado US-Cuba Democracy Advocates para obtener dinero fácil de la USAID a base de parlotear sobre la “transición” de Cuba. 

Entre copas y bocados, Bush realizó un ejercicio retórico previsible y anodino, plagado de lugares comunes: “Es tan triste que justo frente a las costas de nuestra gran nación que cree en los derechos humanos y en la dignidad humana exista este, este calabozo (…) Pero un día Cuba será libre”, dijo con sus facciones compungidas en correspondencia con el melodramatismo que suele derrochar en ocasiones como esas. Repitió los falaces argumentos del chantaje humanitario que su administración quiso implementar contra Cuba a raíz del paso de los devastadores huracanes. Y se mostró, como era de suponer, inconmovible en cuanto a mantener el bloqueo y todas las medidas hostiles que su gobierno ha sobreañadido a la añeja guerra económica del imperio contra nuestro pueblo.  

El protagonista de Memorias del subdesarrollo podría decir una de las frases memorables del filme: “Los mismos gestos, las mismas palabras”.  

Dos lecturas se evidencian en la actitud del mandatario. Una apunta a la total carencia de realismo político que ha venido caracterizando su ejecutoria: cada vez son más frecuentes y resonantes los llamados de empresarios, profesionales, intelectuales y hasta políticos norteamericanos que, desde aquellos que desean honestamente una relación respetuosa y en pie de igualdad hasta los que simplemente sacan cuentas del fracaso histórico de la política anticubana, a poner fin a una confrontación cerril y anacrónica. Otra pone de relieve la catadura de un personaje que no ha podido aplicar en Cuba la doctrina de intimidación y vasallaje que ha tratado de imponer al mundo durante su mandato.  

La impotencia de su prepotencia lo lleva al ridículo de armar una telenovela con figuras de su reparto, como el secretario de Comercio, Carlos Gutiérrez, y su propia esposa, locuaces interlocutores por vía telefónica de uno de los grupúsculos contrarrevolucionarios prohijados por la Oficina de Intereses de Washington en La Habana.  

Si triste es el papel del presidente y su séquito, también lo es el del aspirante por su partido a sucederlo en el puesto. Una semana después del conciliábulo miamense de Bush, John McCain siguió sus pasos y dichos: “Cuando sea presidente, vamos a presionar al gobierno cubano para que libere a su pueblo (…) El día llegará en que Cuba será libre”. Los mismos que aplaudieron a Bush le prodigaron una ovación. ¿Quién le va a creer a McCain el cuento de que quiere desmarcarse y renovar la política de su antecesor luego de protagonizar tan decadente remake? A estas alturas debería aprender la lección. ¡A Cuba no la tendrán jamás!

(Fuente: Granma)

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