La confusión de las relaciones virtuales

martirena

Tomado de Mauricio Taslik • 23 Apr, 2008 • Sección: Desarrollo Personal, Internet

Humor: Alfredo Martirena (http://www.martirena.com)

Lo virtual

El término virtual se utiliza en computación muy frecuentemente asociado a la acción de simular una realidad física. Por ejemplo, un simulador de vuelo provee la experiencia de pilotear un avión virtual reproduciendo su comportamiento en base a modelos matemáticos sofisticados que reproducen distintas condiciones atmosféricas, fallas de instrumentos y situaciones de emergencia. Si bien este avión virtual no lleva a ninguna parte, es en extremo útil para entrenar y probar la capacidad de los pilotos sin poner en riesgo vidas ni máquinas. También hay un factor de ahorro de dinero en la realización de un vuelo simulado, que es significativamente más barato que un vuelo real.

El espacio virtual

La Internet es una red de computadoras por la que hoy en día transita una inmensa cantidad de información de manera altamente económica. La comunicación entre dos personas a través de esta red puede llevarse a cabo de muchas formas diferentes, que pueden ir desde el correo electrónico – que no es más que la virtualización del servicio de correo postal con sobre, papel y estampilla – hasta video conferencias que permiten el intercambio de voz e imágenes en vivo entre dos puntos de la red.

Tal sofisticación en las comunicaciones nos permite referirnos a espacios virtuales donde dos o más personas pueden encontrarse sin importar qué tan lejos se encuentren con tal de disponer de una conexión adecuada a la Internet.

Análogamente al ejemplo del simulador de vuelo, puede ser mucho más económico en términos de dinero y tiempo que un grupo de personas se encuentren y comuniquen en un espacio virtual en lugar de uno real.

La tecnología actual nos provee una forma todavía limitada de comunicación que no es capaz de reemplazar en un ciento por ciento la experiencia sensorial de encontrarse sentado cara a cara en la misma habitación, pero esta es la meta última hacia la que se dirige el desarrollo tecnológico en esta área.

El Test de Turing y la simulación de la humanidad

El concepto de una máquina que simule el comportamiento humano no es nuevo. Podríamos remontarnos históricamente a tiempos remotos, pero a los fines de este artículo nos mantendremos en el siglo XX.

Durante el siglo pasado la humanidad asistió al desarrollo de las ciencias de la computación fundamentalmente a raíz de las necesidades militares de realizar cálculos exhaustivos. En 1950, el matemático inglés Alan Turing propuso un procedimiento para determinar la existencia de inteligencia en una máquina. Turing, quizás poco conocido popularmente, fue un elemento clave en el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial pues fue el responsable de concretar con éxito la tarea de quebrar el código Enigma que los alemanes utilizaban para cifrar sus comunicaciones más secretas, lo que daría al conflicto un giro inesperado a favor de las fuerzas aliadas.

El procedimiento propuesto por Turing es muy sencillo. El mismo se fundamenta en la hipótesis de que si una máquina se comporta en todos los aspectos como inteligente o sensible, entonces debe serlo. Para llevarlo a cabo, un juez se encuentra situado en una habitación, y una máquina y un ser humano en otras. El juez debe descubrir cuál es el ser humano y cuál es la máquina, estándole permitido a los dos mentir al contestar las preguntas que el juez les hiciera.

La tesis de Turing postula que si ambos jugadores son suficientemente hábiles, el juez no podría distinguir quién es el ser humano y quién la máquina. Si una máquina lograra pasar esta prueba podríamos considerarla una especie de inteligencia virtual o artificial.

El equívoco

La extraordinaria capacidad de comunicación de quien dispone de una computadora conectada a la Internet puede ser un poderoso agente a favor del desarrollo. Por ejemplo, el reemplazo de la tradicional correspondencia científica por el correo electrónico entre profesionales e investigadores es un factor que no solo acorta los tiempos de comunicación, sino que permite el contacto entre personas que de otra manera en su vida se hubiesen comunicado.

La disponibilidad de sistemas de comunicación instantánea por texto, más conocidos como chat (charla, en inglés) ha adoptado diversas formas, pero esencialmente son todos equivalentes. La comunicación puede ser privada o abierta al resto del público. En este último caso es común que decenas de personas se agrupen en el mismo espacio virtual a través del cual intercambian mensajes, lo cual generalmente se torna caótico.

No es inusual que dos personas que jamás se habían visto en la vida se conozcan en alguno de estos espacios, ni tampoco que la relación progrese hasta el punto de llegar a conocerse personalmente, derivando en una amistad o una relación de pareja. Hace tiempo los medios de comunicación vienen reflejando esta realidad dando cuenta, por ejemplo, de parejas que llegan al matrimonio a partir de haberse conocido en la Internet.

Sin embargo otras personas utilizan estos medios de comunicación de otra manera, con un riesgo del que poco se ha hablado hasta el momento.

Es normal encontrar personas que se refieren a las relaciones iniciadas y construidas en base a la comunicación por Internet, como relaciones virtuales, atribuyéndole erróneamente al receptor una característica propia del medio de comunicación. Y si sólo se tratara de una confusión semántica la situación no sería tan grave. Lo grave es que algunos realmente actúan en consecuencia, olvidando que en el otro extremo de la comunicación se encuentra un ser humano como ellos, que piensa, siente y respira. Y fundamentalmente, que es afectado por el mensaje que recibe.

Virtualidad y anonimato: sus posibles consecuencias

Generalmente los espacios de comunicación en Internet permiten un alto grado de anonimato. Es usual que cuando una persona se conecta a alguno de estos espacios de comunicación pueda hacerlo identificándose con un apelativo que nada tiene que ver con su verdadero nombre. Más aún, es frecuente que quien se comunica omita o distorsione datos referentes a sexo y edad.

Por lo tanto el ingreso a uno de estos espacios de comunicación es generalmente parecido a ingresar a una fiesta de disfraces. Disfraces virtuales. Sin embargo los interlocutores no son virtuales.

Tanta virtualidad suele terminar confundiendo. La interacción de los interlocutores con la computadora puede ser tan predominante que por momentos pareciera que la humanidad que se encuentra “al otro lado de la pantalla” no fuera tal, sino una especie de extensión de los servicios que ofrece el equipo informático, como una calculadora, un procesador de textos o un video juego. Si alguna comunicación resulta problemática o aburrida simplemente se puede apagar, en apariencia, sin mayores consecuencias.

Es preciso notar que desde el anonimato y la presumida virtualidad de los interlocutores es posible – y sucede frecuentemente – realizar actos que difícilmente sería posible llevar a cabo en el espacio real. O más de uno no se atrevería a hacerlo. Mentiras, engaños y agresiones son muy fáciles de perpetrar por estos medios y la ilusión de no estar dañando a nadie puede ser muy convincente.

La experiencia potencialmente deshumanizada y deshumanizante en estos medios parece ser el resultado generalizado de una aplicación inversa del Test de Turing: si proviene de mi computadora, entonces es artificial y es tratado como tal.

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